Cuando abran las calles


Eso dice mi nieta. Pensando en ese momento me pregunto: cuando todo esto pase, ¿qué? Ansiamos recuperar la normalidad, pero, ¿significa eso volver a lo mismo? Algunas voces sugieren que nada podrá ser como antes, y no se refieren solo a la crisis económica que nos acecha. Algunos queremos creer que un cierto rearme moral no solo es preciso, sino posible. Lo que sigue es una invitación a pensar, a atreverse a cuestionar los propios presupuestos vitales. Es una llamada a vivir la democracia como un ejercicio de responsabilidad compartida, y no como un estado de derechos garantizados. Es un empeño por cantar juntos: «Pisaré las calles nuevamente»; «solo le pido a Dios, que el mundo no me sea indiferente»; «tráiganme todas las manos». «Resistiré» está bien para estos días.

Andamos a vueltas con la Utopía: la mejor expresión de lo que no tenemos y anhelamos. Después de décadas practicando el sálvese quien pueda, resulta evidente que es una mala estrategia en tiempos de crisis. Con suerte esta primavera nos hace comprender que o nos salvamos todos, o no se salva ninguno.

¿Qué supone ese rearme moral? Aporto tres ideas para un debate sobre los valores:

En economía: condenar la codicia y la avaricia, denunciar la explotación, recuperar el justiprecio. Eso no está reñido con admitir que puede haber diferencias de ingresos en función de la inversión (que implica un riesgo), del trabajo esforzado y del talento, y hasta de la mayor relevancia de la tarea (por su complejidad e interés social), pero que nada de eso puede conllevar la exclusión, la inequidad y la pobreza.

La riqueza que se genere debe ser bien distribuida, no de manera igualitaria sino equitativa, asegurando siempre las necesidades básicas: el derecho al trabajo, entre ellas. No hay duda, la rentabilidad será menor, claro, pero la justicia mayor. Estos días hemos avanzado mucho al reconocer como «esenciales» los que hasta hace poco eran trabajos «no cualificados» o de segunda.

En política: procurar el bien común. No el de un grupo o una región. Por ello, también debe merecer nuestro repudio lo que enfrenta y divide: lo que trata de imponer por la fuerza ( también la de los votos) o torticeramente (mediante la manipulación, la demagogia o la guerra) la hegemonía de unos intereses sectarios. Por eso hablo de política, no de un partidismo falaz y mezquino. Una que revalorice al servidor público, haciendo merecedor del aplauso social al que integra. Y esto a nivel mundial: porque nuestro futuro es inseparable del de la humanidad. Es urgente una regeneración de la ONU para que asuma el liderazgo que le exigía Mafalda.

En lo social, la máxima es: la verdad te hará libre. Pero la Verdad no es única ni unívoca, está configurada por múltiples verdades pequeñitas que se interpelan, se cuestionan, se acompañan, generando un feliz mestizaje de ideas y sensibilidades, de experiencias y contextos. Se consigue con educación y cultura. La primera debe promover el pensamiento independiente y no gregario, la conciencia crítica y no la adhesión sumisa, la responsabilidad personal (autocrítica) y también social (cívica), y la autonomía en la interdependencia que germina en la cooperación constructiva. Cualquier forma de subordinación y adoctrinamiento, debe ser rechazada. La argumentación, la persuasión y el ejemplo es la metodología.

En cultura no todo vale. Lo que humilla la inteligencia, lo que atenta contra la dignidad personal, lo que sirve para instrumentalizar a una persona, lo que la esclaviza en un consumismo compulsivo, lo que genera miedo a la libertad también debe ser repudiado.

En fin, aunque deliberadamente ingenuas, son ideas para reinventarnos: para construir esperanza.

Por Felipe Trillo Profesor de la USC, ex decano de la Facultad de Ciencias de la Educación

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