El coronavirus en Galicia


Si fuese un político activo, con responsabilidades sobre la pandemia, empezaría y terminaría mis discursos diciendo que pueden venir días peores, y que la infección no está vencida. Pero, siendo un ciudadano confinado, puedo decir -y digo- que, en términos comparativos, Galicia no ha salido mal de esta amarga prueba, que las cifras nos atribuyen problemas por debajo de la media, y que, además de cumplir todas las instrucciones, las autoridades autonómicas -Núñez Feijoo y Vázquez Almuiña, concretamente- han sabido añadir recursos y orientaciones que mejoraron los estándares de atención sanitaria y social del conjunto de España.

No ignoro que, incluso los mejor parados, estamos soportando situaciones horrendas, que creíamos desterradas de nuestra civilización tecnológica y positivista. Y, por mencionar un drama inesperado, estamos descubriendo que ­­­-en medio de tantos debates sobre la muerte digna- ya no sabemos ni podemos acompañar a los que mueren, ni somos capaces de enterrarlos dignamente, ni de ofrecer el consuelo espiritual que la mayoría aún requiere. Pero, dado que las cifras son difíciles de discutir -aunque ahora también se discuten, porque sabemos más matemáticas que Newton-, no faltará quien diga -si son católicos- que nos ha favorecido Santiago Apóstol; o el Ara Solis, si piensan que lo moderno es el politeísmo indescifrable. Acepto, por supuesto, esas explicaciones trascendentes, aunque espero que los laicos y los materialistas históricos, que gracias a Dios abundan tanto, no se arruguen en este momento, y mantengan que, si nos ha ido menos mal que a otros, solo puede deberse -con algunos matices circunstanciales- a que hay algo objetivo que hemos hecho mejor. Por eso es hora de reivindicar la autonomía. De denunciar la contradicción que supone pasar de la «España, nación de naciones» que fue la invadida por el coronavirus, a la «España una, capital Madrid», que tanta ineficiencia ha generado. Creo que el mando único, que era necesario, era compatible con una gestión cooperativa con las autonomías, sin que el control de la pandemia pasase a un ministerio que no gestiona ninguna sanidad ni conoce el mercado de suministros. Y por eso considero una enorme deslealtad que, mientras el Estado anuncia 120.000 millones de euros -sacados de la ingeniería contable- para combatir la crisis, se rapiñen los presupuestos autonómicos, como ha denunciado Feijoo, para reforzar -con el chocolate del loro- las medidas de un Gobierno que aún no ha echado sus cuentas ni decidido por qué filosofía presupuestaria quiere apostar.

Dicen que el tiempo para hablar de estas cosas será cuando se hayan cometido todos los errores. Pero yo, de momento, doy gracias a Dios por estar pasando este purgatorio en una autonomía fuertemente institucionalizada y constitucionalista, que tiene sus cuentas en orden, y puede moverlas con eficacia; y que no va a quedar frenada porque el federalismo teórico haya decidido que vuelve a ser Madrid el Olimpo de todos los dioses.

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