Caspa en el hombro de Iglesias


Circula un vídeo por las redes sociales que dibuja un escenario preocupante de cara al futuro. Se trata de un producto con el inconfundible sello de Podemos en el que se describe una sociedad en la que los anteriores gobernantes destrozaron sus ventanas y ahora lo estamos pagando. Se trata de una demonización no solo de la derecha, lo cual siempre podría atender a una lógica de la lucha partidista, sino de una sociedad que parece haber retrocedido en el tiempo hasta pararse de nuevo en el epicentro de la lucha de clases.

En dicho vídeo no podía faltar una alusión a Amancio Ortega al que incluso se riñe y se le acusa de falso altruismo. Habla también de salvar lo público de las garras de lo privado y, en definitiva, siembra una cizaña que en nuestra sociedad hacía muchos años que había desaparecido.

Lo peor no es que grupos más o menos cercanos a Unidas Podemos puedan seguir haciendo política de demolición en plena crisis, sino que en realidad es el propio partido populista el que desde dentro del Gobierno usa la nostalgia intentando recuperar la división entre dos presuntas Españas que a muchos nos parecen fruto de otra época.

Y resulta curioso que un partido que en cierto modo se reconoce en lo revolucionario viva tanto de un pasado caduco y trasnochado, de una época que vivió su momento y que, como tantos otros, pasó a su rincón de la historia con la valoración que cada cual quiera hacer de ese trance.

Podemos, que presumía de ser lo nuevo de la política, vive en realidad envuelto en un tufo a naftalina, que impregna casi todas las comparecencias públicas de sus líderes. Por eso, desde dentro del Gobierno incluso, intenta imponer unas políticas inspiradas en la lucha de clases según la cual el empresario es un presunto ladrón que se aprovecha hasta el tuétano del trabajador, a quien roba sin parar, tanto dinero como derechos. Por ello no es capaz de ver una buena acción en las donaciones de Ortega o de Inditex, a las que descalifica. Y por ello saca adelante medidas, con la complicidad de sus socios del Partido Socialista, en las que el objetivo es defender a la clase obrera de esos aprovechados para los que no tienen la más mínima consideración a pesar de que han tenido que cerrar sus empresas y que han pasado a tener cero ingresos.

Podemos habla a la mínima de nacionalizar empresas y a la mínima también recurre incluso a artículos de la Constitución en los que se legitimaría tal medida.

Resulta curioso, hasta paradójico, que cuando el debate debiera de ser si se critica o no, o en qué medida se hace, la acción del Gobierno mientras gestiona una crisis de calado descomunal, un partido de Gobierno actúe con semejante agresividad en plena tormenta contra no solo la oposición, sino contra instituciones fundamentales de nuestra sociedad y que sufren esta tragedia del coronavirus tanto como los demás estamentos que la componen.

Mientras tanto es fácil imaginarse a Pablo Iglesias e Irene Montero desde su confinamiento gritando «A las barricadas, a las barricadas...» y el «No pasarán», al tiempo que se quitan la caspa del hombro.

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