¿Quién manda aquí?


En medio del pesimismo que asoló Europa después de la Primera Guerra Mundial, decía Ortega y Gasset ­­-La rebelión de las masas, cap. XIV- que, para comprender cualquier situación, presente o pasada, en un país determinado o en el mundo entero, hay que empezar aclarando una cuestión primordial: ¿quién manda en el mundo?, o ¿quién manda aquí? Porque la función de mandar y obedecer -insistía Ortega- es decisiva en toda sociedad; y porque, si la cuestión de quién manda y quién obedece está turbia, todo lo demás marchará impura y torpemente.

Pero la aparente sencillez de la pregunta que encabeza este artículo tenía su intríngulis en el concepto de mandar. Porque el mando -decía don José- no consiste en la formalidad de arrebatarle el poder al adversario -bien sea por la fuerza, o por las imprecisas carambolas de un terremoto parlamentario-, sino en asentarse sólidamente en el poder, con el beneplácito de la opinión pública, y con la capacidad de comunicar a los ciudadanos los consensos y valores que sostienen e identifican el Gobierno. Por eso afirmaba Ortega que José Botella fue rey, pero nunca mandó; o que la II Republica -escrito más tarde- había desalojado todos los principios y verdades de los predecesores, pero no había asentado los alternativos.

De lo cual se deduce lo que todos estamos viendo en la España de hoy: que, aunque Sánchez tiene un poder formalmente legítimo, carece de la autoridad necesaria para dirigir esta crisis. Que dentro del Gobierno hay una sorda lucha de poder que desbarata la gestión de la crisis y la salida ordenada de la misma. Que hay grietas en el PSOE. Que la coalición que puso a Sánchez en el poder formal, no respalda su programa de Gobierno. Que la traición de ERC y PNV -¡quen con nenos se deita, mexado se levanta!- deja a Sánchez a merced de Iglesias, y necesitado de una coalición parlamentaria con aquellos a los que más detesta. Y que cuando Sánchez delira en su despacho, lo único que le preocupa es pasar él solo bajo el arco de triunfo con el que espera cerrar su guerra contra el virus.

También sabemos que los decretos que se aprueban por la mañana, se redactan por la tarde, se publican de noche, y se corrigen al día siguiente; que la mayoría de los ministros se enteran de lo que aprobaron ayer por el periódico de mañana; y que de la inmensa reata de 22 ministros que nos desgobiernan, al menos quince se han hecho totalmente invisibles, agazapados detrás de esa invisibilidad y de su silencio. Y nadie ignora tampoco que el menú económico que nos servirán cuando empiece la posguerra, lo está cocinando Iglesias, para que lo sirva Calviño.

Por eso podemos responder ya a la pregunta sobre quién manda aquí. Porque mandan la improvisación y el tirapalante; la demagogia y la lucha por el poder; los que tienen a Sánchez cogido por delante y los que le patean el trasero; y una atrabiliaria coalición -rota, desnortada, oportunista y desleal- que va a lo suyo y no a lo nuestro. Y eso significa, según Ortega, que toda marcha aquí «impura y torpemente».

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