¿Quién manda aquí?

OPINIÓN

Moncloa

02 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

En medio del pesimismo que asoló Europa después de la Primera Guerra Mundial, decía Ortega y Gasset ­­-La rebelión de las masas, cap. XIV- que, para comprender cualquier situación, presente o pasada, en un país determinado o en el mundo entero, hay que empezar aclarando una cuestión primordial: ¿quién manda en el mundo?, o ¿quién manda aquí? Porque la función de mandar y obedecer -insistía Ortega- es decisiva en toda sociedad; y porque, si la cuestión de quién manda y quién obedece está turbia, todo lo demás marchará impura y torpemente.

Pero la aparente sencillez de la pregunta que encabeza este artículo tenía su intríngulis en el concepto de mandar. Porque el mando -decía don José- no consiste en la formalidad de arrebatarle el poder al adversario -bien sea por la fuerza, o por las imprecisas carambolas de un terremoto parlamentario-, sino en asentarse sólidamente en el poder, con el beneplácito de la opinión pública, y con la capacidad de comunicar a los ciudadanos los consensos y valores que sostienen e identifican el Gobierno. Por eso afirmaba Ortega que José Botella fue rey, pero nunca mandó; o que la II Republica -escrito más tarde- había desalojado todos los principios y verdades de los predecesores, pero no había asentado los alternativos.

De lo cual se deduce lo que todos estamos viendo en la España de hoy: que, aunque Sánchez tiene un poder formalmente legítimo, carece de la autoridad necesaria para dirigir esta crisis. Que dentro del Gobierno hay una sorda lucha de poder que desbarata la gestión de la crisis y la salida ordenada de la misma. Que hay grietas en el PSOE. Que la coalición que puso a Sánchez en el poder formal, no respalda su programa de Gobierno. Que la traición de ERC y PNV -¡quen con nenos se deita, mexado se levanta!- deja a Sánchez a merced de Iglesias, y necesitado de una coalición parlamentaria con aquellos a los que más detesta. Y que cuando Sánchez delira en su despacho, lo único que le preocupa es pasar él solo bajo el arco de triunfo con el que espera cerrar su guerra contra el virus.