Para cuando pase el diluvio


Cuando pase el terrible diluvio universal provocado por el coronavirus, y confiemos por el bien de todos en que sea cuanto antes, tocará recolocar nuestras prioridades como país y, también, recapacitar sobre lo que esta profunda crisis social nos ha mostrado con la claridad con la que enseñan siempre las cosas las desgracias.

Por ejemplo, que una gran parte de ese personal sanitario al que todos los días aplauden cientos de miles de personas trabaja en condiciones de precariedad completamente vergonzosas, que no se corresponden ni con su preparación y su compromiso profesional, ni con las posibilidades del país, ni con sus necesidades, en un momento en que ese servicio público esencial experimenta la jubilación en masa de quienes lo han cubierto durante las cuatro últimas décadas.

También que ni la Guardia Civil es ya la del célebre romance de Federico García Lorca, ni los policías nacionales aquellos cuerpos represivos cuya disolución exigíamos en la calle en el último franquismo, sino servidores públicos, tan excepcionalmente preparados como férreamente comprometidos con la ayuda a quienes los necesitan en cualquier lugar y circunstancia. No estará mal tenerlo en cuenta cuando vuelvan a pedir su justa equiparación salarial con las policías autonómicas vasca y catalana.

Como no estaría mal, sino de maravilla, desterrar de una vez ese antimilitarismo primario en que aun milita la extrema izquierda y que tan mal se compadece con las misiones reales de unas fuerzas armadas que han demostrado una admirable lealtad, capacidad y sacrificio cada vez que su ayuda ha sido requerida por el Gobierno para labores muy alejadas de la guerra: desde montar en tiempo récord hospitales de campaña hasta desinfectar estaciones ferroviarias o aeropuertos.

¿Y qué decir de los prejuicios radicales contra el sector privado empresarial? En un país donde hay todavía muchos ciudadanos y no pocos dirigentes políticos que siguen convencidos de que todo lo privado es sospechoso por principio, la activa solidaridad de cientos de empresarios grandes, medianos y pequeños está siendo fundamental para evitar que este diluvio se lo lleve todo por delante. ¿Seguirá habiendo, después de todo lo que ahora estamos viviendo, quien se atreva a volver a insultar a Inditex

por donar ingentes cantidades de dinero para mejorar nuestros servicios sanitarios o por acudir de inmediato en ayuda del sector público al producirse una emergencia nacional?

Permítanme que acabe hablando de los medios de comunicación formales en un momento en que el nuevo becerro de oro es la basura que circula a diario por las redes. Pues esta crisis sanitaria ha vuelto a poner de relieve que sin periódicos, radios y televisiones serios y capaces, comprometidos con informar verazmente de los hechos, estaría siendo imposible contener los bulos, mentiras y estupideces, y, al tiempo, controlar las decisiones públicas que a todos nos afectan. Porque también en eso, aunque no solo en eso, consiste ejercer la democracia.

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