Morir en tiempos de virus

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

D.ZORRAKINO | Europa press

28 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Javier González Ferrari es uno de los grandes profesionales del periodismo español. Su biografía está coronada por éxitos sucesivos en los lugares donde trabajó con máximas responsabilidades. Por ejemplo, la dirección general de RTVE o la presidencia de Onda Cero. Javier González Ferrari es un inagotable chispazo de ingenio. Resuelve conversaciones barbudas con estallidos de humor, a veces disolvente. Estar con él es tener garantizada la sonrisa. Y ayer le escuché cómo lloraba. Lo escuché, porque el puñetero confinamiento no me permitió verlo y, mucho menos, darle un abrazo. Lloraba Javier porque el jueves perdió a Carmen, una vasca que hace 47 años le enamoró y llevaban 42 años casados. Una terrible enfermedad conocida como ELA se la llevó después de casi dos años de sufrimiento. Javier es uno de mis mejores amigos.

Si publico estas líneas no es para presumir de esa amistad. Es para contaros lo difícil que es morir en Madrid en estos tiempos; lo imposible que resulta despedirse acompañado; lo más imposible todavía que resulta enterrarte en el lugar donde querías, que habitualmente es con tu familia; lo cierto que es ahora el «¡qué solos se quedan los muertos!» de Gustavo Adolfo. Sola se ha quedado Carmen, esperando turno en una cámara frigorífica del tanatorio de Las Rozas. No había sitio, sino una larga lista de espera, en el camposanto donde están su padre y su suegro. La tendrán que incinerar cuando llegue su turno en El Escorial, a cincuenta kilómetros. Solo podrán asistir dos personas, es decir, que no podrán estar allí ni todos sus hijos. Pasados unos días le entregarán sus cenizas a Javier. Y a empezar a buscar un columbario.

Ahora las listas de espera están en los tanatorios y en los cementerios, maldito virus. Ahora el numerus clausus se dicta para los difuntos, maldita enfermedad que ayer nos dejó 769 fallecidos más, aguardando ese pico que escala cada mañana el doctor Simón. Ahora no es posible ni ese mínimo gesto de dar una palmada al ataúd en que se marcha la persona que quieres, como hemos hecho todos los hijos al despedir a nuestros padres. Ahora es que los muertos se amontonan, ocupan pistas de hielo como morgues, agotan cámaras frigoríficas y hay que pedir la vez como en los mercados. Ahora un entierro es un contagio y un peligro para la salud pública. Ahora, discúlpenme, todo es una mierda por culpa de ese ángel de la muerte que va matando a centenares de personas -quizá hoy sumen más de cinco mil- por los hospitales de España. Ahora hay que volver a la rima de Bécquer para dejar este lamento: «No sé, pero hay algo / que explicar no puedo / algo que repugna, / pero es fuerza hacerlo, / el dejar tan tristes / tan solos los muertos».

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