Al comienzo de la primera gran película de Spielberg, que casi todos hemos visto, el consejo local de Amity Island, preciosa villa costera donde se sospecha merodea un tiburón de dimensiones y agresividad descomunales, se resiste a decretar la clausura de sus playas para evitar los perjuicios económicos que del parón del turismo pudieran derivarse para la temporada veraniega.

Aunque cuando la epidemia de coronavirus comenzó, también en España hubo algunas resistencias a suspender acontecimientos que mueven gran cantidad de gente y de dinero (de las Fallas a las procesiones de Semana Santa, pasando por el Mobile World o las actividades deportivas), pronto los afectados entendieron el grave riesgo que suponía mantenerlos y asumieron su anulación o aplazamiento con serenidad y resignación, como ha aceptado también la inmensa mayoría de la población el severo confinamiento domiciliario que se le ha impuesto legalmente.

No solo eso. La epidemia ha dado lugar a la aparición de un gran voluntariado para realizar labores que quedan fuera del alcance de los poderes públicos y a una solidaridad del sector privado empresarial (de conocidas firmas textiles a establecimientos hoteleros, pasando por editoriales o medios de comunicación) que ofrecen su contribución desinteresada para ayudar a paliar los estragos que está provocando el COVID-19, contra el que lucha, en primera línea y con grave riesgo, el personal sanitario, secundado, cada uno en su labor, entre otros muchos, por las fuerzas y cuerpos de seguridad, los bomberos, los transportistas, el personal de farmacias y supermercados, los periodistas o los productores del sector alimentario.

Es en este contexto en el que no solo llama la atención sino que produce un escándalo mayúsculo que en el Gobierno de coalición entre Podemos y el PSOE, que tras la declaración del Estado de alarma se ha convertido en el primer responsable en la lucha contra el virus, haya librado un pulso cada vez menos soterrado por ver quien protagoniza, y por tanto quien rentabiliza políticamente, si llega a ser el caso —que ya veremos— el final de la epidemia.

El comportamiento de Pablo Iglesias, en concreto, supera, en su desvergüenza, todo lo imaginable: el líder de Podemos se ha saltado en dos ocasiones la cuarentena a la que, como todos los españoles, está obligado por la infección de su pareja, con la única finalidad en ambos casos de evitar que Podemos quede tapado por los ministros socialistas. Y, aunque Iglesias ha llamado en su socorro a Fernando Simón, que hizo el viernes el papelón de justificar como científico lo que nada tiene que ver con sus funciones, la evidencia es que, cuando tantos millones de personas centran sus esfuerzos en la lucha contra el coronavirus, los miembros del Gobierno de coalición andan dándose codazos para evitar que un partido le robe al otro el protagonismo en el anuncio de medidas sociales y económicas.

En la película de Spielberg, un tiburón. Aquí, desgraciadamente, por lo que se ve, varios tiburones.

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Tiburones