Ahora en serio, ¿y si invertimos en conocimiento?


Ahora toca caminar juntos y ser solidarios por el bien de la salud pública. No hay tiempo de reproches individuales ni de etiquetas políticas. Sin embargo, resulta interesante comprobar que estas semanas se habla más de los científicos que de los influencers, los especuladores, los deportistas, la banca, los políticos, etcétera. Resulta que la situación sanitaria actual nos está demostrando el inmenso valor social del personal sanitario, profesores y científicos, todas ellas profesiones muy vocacionales y, por ello, asociadas a conceptos como la baja retribución y el muy difícil progreso académico, a pesar de que, como se está demostrando, son pilares de la sociedad.

Un buen amigo mío, biólogo y gurú de la biotecnología española, transcribe en su libro una entrañable conversación con su abuela, ya fallecida. En la misma le explica qué investiga. Su abuela le mira como quien mira a su nieto favorito, sin pestañear, y al final no le pregunta «¿entonces, hijo, cuánto ganas al mes?», como hubiera hecho mi padre, sino que le dice: «¿Entonces, hijo, tú de qué trabajas?».

Obviamente, su abuela no entendía que la investigación era su trabajo, porque no la veía tangible ni productiva. La abuela de mi amigo no estaba sola. El año pasado recibí un premio de manos de un influyente político español, y cuando le pedí en público más inversión en ciencia y conocimiento biomédico me respondió con un zasca, indicando que la inversión actual que se ejecuta para tener una gran sanidad pública ya deja poco margen para el conocimiento biomédico no aplicable a corto plazo. Pues bien, ahora, a corto plazo, resulta que se ponen de moda los científicos. Les pedimos, casi exigimos, una vacuna. Les preguntamos por qué Bill Gates vio venir la situación y ellos no. Les pedimos explicaciones y salimos a la calle a aplaudir más inversión para la ciencia. Incluso se exige desde los balcones y ventanas inversión de la Corona. De corona a corona y tiro porque me toca.

Bien, seamos conscientes de que el problema no es de un político concreto (te salvas, Pedro). El problema es intrínseco y cultural. Nuestros políticos han asumido desde hace décadas que el dinero público que va a los científicos no es una inversión, sino un gasto. Y simplemente porque el resultado no es inmediato, no hay un retorno en el período que abarca una legislatura, a diferencia de la inversión en un aeropuerto, una autopista o calles y playas mejor urbanizadas y más peatonales.

El resultado de poner recursos públicos en investigación hay que medirlo por su coste de oportunidad, es decir, ¿qué dejamos de ganar si no invertimos en ciencia? La abuela de mi amigo era sincera. Quizá ella, a nivel individual, no dejaba de ganar nada. Pero créanme que no es así. Dejamos de ganar lo más valioso que puede tener una sociedad moderna del bienestar: talento y conocimiento, porque el conocimiento es lo único que nos protege de lo desconocido.

Pero claro, para ello ¿hay que invertir o gastar? La respuesta es clara: hay que invertir. Pero aún más, hay que querer asumir que nuestra política de conocimiento se traducirá en beneficio social a largo plazo. Desafortunadamente, la inversión a largo plazo requiere paciencia y asumir que el día que el retorno sea medible igual no soy yo quien está en la silla.

Podemos tomar decisiones basadas en conocimiento o sin conocimiento. Yo lo tengo claro.

Por Pablo Menéndez Buján Profesor ICREA de Investigación en el Instituto Josep Carreras contra la leucemia.

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