Mucho gustaba Cunqueiro de referirse a doña Inès de Castro, reina gallega de Portugal, como la del «cuello de garza», que de este modo fue conocida desde que Luis Vélez de Guevara escribiera «reinar después de morir» acerca de la princesa triste de Portugal, que fue asesinada en Coímbra.

Hoy el mas genuino cuello de garza está en poder no de una reina, sino de una marquesa, Cayetana Álvarez de Toledo, poseedora de un esbelto cuello que caracteriza su fisonomía y define su perfil. Parece salida de un cuadro prerrafaelita, de una pintura de Hunt o de Everett, y les recomiendo que vean el retrato de La Ghirlandata salido de los pinceles de Dante Rossetti, el tercer miembro de la hermandad, de la fraternidad prerrafaelita. O también podía parecerse Cayetana a uno de los retratos mas actuales del maestro Modigliani.

No es un verso suelto del Partido Popular como lo ha sido Esperanza Aguirre, es mas bien una décima o espinela, o todo un conjunto poético de endecasílabos, o un soneto satírico de Quevedo, que hace de la actual portavoz parlamentaria de los populares, discípula bien amada del presidente Aznar, un altavoz de la provocación escasamente refinada a pesar de su origen y formación.

No es sutil pero sí eficaz, no llama pan al pan ni vino al vino, mas bien baguette al pan y Oporto al vino, desde su acento porteño con un toque british en su entonación, después de doctorarse en Oxford y elegir entre su educación francesa y su nacionalidad española.

La marquesa de Casa Fuerte es diputada en Cortes desde el 2008, rebelde sin causa contra Rajoy, y ocupa con Casado la portavocía de su grupo parlamentario, en el que no genera unanimidad entre sus compañeros. Ya dije que no tiene pelos en la lengua y que sus vitriólicos análisis generan comentarios políticamente incorrectos, como el reciente enfrentamiento con La Sexta, la televisión acusada por Cayetana de manipular la democracia.

Autodenominada «feminista amazónica» que no acudirá a la manifestación del 8-M, sus controversias generan silencios entre los suyos, y solo el presidente Núñez Feijoo, quien para Cayetana Álvarez de Toledo no es santo de su devoción, se atrevió a comentar sobre la presumible acusación de la portavoz parlamentaria acerca de prensa y televisión que «la libertad de prensa es sagrada y consagrada». Nada dijo de la libertad de expresión, al menos que yo sepa.

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