Sánchez y el síndrome de Estocolmo


El presidente del Gobierno viajó el domingo al País Vasco a apoyar a la candidata del Partido Socialista de Euskadi a lendakari, aunque sus votos, dada la imparable promiscuidad del PSOE con los nacionalistas, solo servirán para hacer al candidato del PNV presidente. En el mitin que pronunció en Vitoria dejó Sánchez algunas perlas que muestran con meridiana claridad que el líder socialista ha acabado creyéndose invenciones nacidas como una simple estrategia partidista para competir con el PP.

Pero a fuerza de depender de los nacionalistas en gobiernos locales y regionales (en Galicia, Cataluña, el País Vasco, Navarra, la Comunidad Valenciana, Aragón y las Islas Baleares), y de estar bajo la bota de Bildu y ERC en la esfera nacional, muchos afiliados y dirigentes del PSOE y, desde luego, su secretario general han acabado sufriendo lo que era de temer: el síndrome de Estocolmo, ese que lleva al secuestrado a quedarse colgado de su secuestrador e incluso a simpatizar con sus ideas.

Solo así cabe entender algunas afirmaciones de Sánchez en Vitoria, afirmaciones convertidas ya en columna vertebral del discurso socialista. Refiriéndose, ¡cómo no!, a la cuestión territorial proclamó Sánchez: «Hay gente en los dos extremos que continúa queriendo abonar la confrontación olvidándose del reguero de frustración que ha provocado». Y aun con mayor claridad en la ya tan conocida como inmoral línea del choque de trenes: «Ha habido agravios respondidos con agravios, y afrentas con nuevas afrentas. Y ya sabemos el final de la política del ojo por ojo: todos ciegos».

¿Dos extremos? ¿Agravios? ¿Ojo por ojo? ¿A que se refiere Pedro Sánchez?, supongo que en medio del júbilo de sus correligionarios. Todas esas preguntas tienen idéntica respuesta: a que los problemas planteados por los separatistas en el País Vasco y Cataluña -del Plan Ibarretxe al intento de golpe de Estado de Puigdemont- no son intolerables provocaciones fruto del delirio xenófobo, insolidario y supremacista de los nacionalistas, ni enloquecidas manifestaciones de un odio a España nacido en las cavernas reaccionarias de una de las ideologías más nefastas y peligrosas del siglo XX, sino el fruto de la incomprensión entre dos partes (España, de un lado; del otro, Cataluña y el País Vasco) que comparten las culpas de la situación en la que nos encontramos.

Nada, sin embargo, es más falso que tal juicio de los hechos. En primer lugar porque no hay conflicto alguno entre España y el País Vasco y Cataluña, sino entre el Estado democrático y los nacionalistas, que representan solo una parte de la población de esos territorios. Pero sobre todo porque no hay extremos, ni agravios, ni ojo por ojo: hay, de un lado, en Estado descentralizado como pocos en el mundo que ha reconocido, como ninguno, la pluralidad interna del país; y hay, de otro lado, unos separatistas que quieren imponer la independencia aunque sea al precio de aplastar la pluralidad de sus respectivas sociedades. Eso, señor presidente, es lo que hay.

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