Iglesias sucumbe a la erótica del poder


Decía Abraham Lincoln que casi todos podemos soportar la adversidad. «Pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder», añadía el presidente de Estados Unidos. El poder es el fielato para juzgar la talla de un político. En España, hasta ahora habíamos conocido a Pablo Iglesias cantando a ritmo de rap desde la oposición las depravaciones de la casta y la avaricia de los poderosos. Pero le han bastado 47 días en la vicepresidencia del Gobierno para demostrar cuán atractiva es la erótica del poder. Pisar moqueta ha sido suficiente para que proponga acabar con la limitación de mandatos impuesta en su partido, de manera que se le permita perpetuarse en el poder de Podemos, y en el Gobierno si se diera el caso, más allá de los doce años establecidos ahora. Una regla con la que quiere acabar, al igual que con la limitación de cobrar un máximo de tres salarios mínimos impuesta a todos los cargos de Podemos. Él mismo y su pareja, Irene Montero, se habían saltado ya el código ético del partido al no renunciar a su escaño y acumular dos cargos, el de diputado y ministro, en contra de las propias normas internas.

El conflicto de Iglesias y de Montero es que quieren disfrutar del poder pero sin cargar con el peso de las responsabilidades que conlleva. Ser Gobierno sin dejar el activismo populista. Y así asistimos a disparates como que el vicepresidente del Ejecutivo en ejercicio se dirija a las «cloacas del Estado» -que no se sabe entonces a quién obedecen-; amenace a los servicios de inteligencia; les reprenda por no proteger a la ciudadanía; anime a los agricultores a «seguir apretando» o acuse a los medios de comunicación de «lamer las hemorroides del poder», lo cual indicaría que muy pronto se dedicarían a curar las suyas. Están tan felices de gobernar que aún no se han dado cuenta de que gobiernan. Solo así se explica que la ministra de Igualdad, Irene Montero, se dedique a denigrar desde el Ejecutivo a la policía española tachándola de machista, y asegure que «cuando una mujer denuncia una agresión sexual en comisaría se le pregunta si iba vestida con una minifalda».

El problema es que una vez que en un Gobierno se toleran semejantes esperpentos, todo está ya permitido. Y así es posible también, por ejemplo, que Joaquim Torra sea recibido en la Moncloa con honores de jefe de Estado y se siente a la mesa a negociar con Pedro Sánchez, para presentarse inmediatamente después en Perpiñán a rendir pleitesía a dos prófugos como Carles Puigdemont y Clara Ponsatí, que tachan de «engañifa» esa mesa, agradecen a los CDR que ganaran «la batalla de Urquinaona», en referencia a la violencia desatada en Barcelona que dejó gravemente heridos a varios policías, y hasta acusan al rey de haber ordenado un «golpe de Estado».

El poder es adictivo. Pero ejercerlo es algo más que hacer todo lo que sea necesario para conservarlo, salir en las fotos o disfrutar del Falcon. Gobernar exige defender la dignidad del Estado al que se representa y no atacarlo, ni pactar con quienes tienen su destrucción como único objetivo.

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