El virus del pánico


Nos enfrentamos a dos virus: el coronavirus y el virus del pánico. Sobre el primero nada puedo aportar: no tengo pajolera idea de cómo se frena la propagación del virus en un mundo globalizado. Ando más perdido que Fabrizio del Dongo, aquel personaje de Stendhal que combatió en Waterloo y al final de la batalla no sabía en qué bando había luchado ni quién había vencido. Solo afirmo, ahora que estamos en guerra contra un enemigo desconocido e invisible, que debemos confiar disciplinadamente en nuestros generales. Necesitamos creer que las autoridades sanitarias, desde la OMS hasta el ministro del ramo, saben qué hacer y lo están haciendo. Porque no tenemos otra alternativa: ni el Parlamento, ni los tertulianos de televisión, ni los soldados reunidos en asamblea pueden diseñar un plan de operaciones eficaz.

Cosa distinta es el virus del pánico, la histeria colectiva, no menos mortífera que el coronavirus. No solo en términos económicos, tan dependientes de los «espíritus animales» de Keynes que, alimentados con un mero rumor, pueden abatir un banco o destrozar el PIB. Letal también porque amenaza con paralizar el planeta y colocar en un brete nuestro modelo de vida.

Los dos virus tienen el mismo origen, los murciélagos chinos según parece, pero se propaga por vías diferentes. El coronavirus se contagia por la tos y el estornudo. El pánicovirus se transmite por las ondas electromagnéticas de la comunicación. En última instancia son los medios, que nos cuentan minuto a minuto los avances del invasor, los que multiplican los decibelios de la alarma social. Pero esos medios solo reproducen e interpretan la información facilitada por el estado mayor. Damos por buenas las órdenes del general, no nos queda otra, pero sus palabras y sus partes de guerra, en vez de tranquilizar, echan leña al fuego y avivan la histeria.

Frente al pánicovirus solo caben dos estrategias de comunicación: o lo dices todo o te lo callas todo. El médico puede ocultarle al paciente la gravedad de su enfermedad o explicarle el tumor que padece y las posibilidades de superarlo. Lo peor son las medias tintas, el dato sesgado y el diagnóstico ambiguo. Y esta fue la opción de la OMS. A la vez que nos conminaba a «prepararnos» para una pandemia mundial, subrayaba la escasa mortalidad de la epidemia: siete muertos por cada mil infectados fuera de China.

Lo de «prepararnos» para la peste lo interpretó cada uno a su manera: los paranoicos, agotando el stock de mascarillas, recluyéndose en el zulo, cancelando su viaje o negándose a entrar en el bazar chino; y los amigotes de mi pueblo, usando el humor como antídoto, prometiéndose frecuentar más el bar: si me pilla la cuarentena, que sea aquí y no en el gimnasio. La perspectiva de una pandemia mundial -¡la gripe de 1918!- inoculó el miedo en el tuétano de los ciudadanos. La OMS olvidó decirles que la gripe común se cobra tres veces más vidas en esta minúscula España que el Covid-19 en todo el ancho mundo. Nuestros generales deben revisar su política de comunicación.

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