Vergüenza


Observar a personas haciendo el ridículo en televisión no es un plato de gusto para todos los públicos. Hay quien encuentra el esperpento terapéutico. A la vista está dado el éxito de algunos realities que acomodan al espectador en una posición de superioridad, aliviado de no ser como los bufones de la pantalla y de no tener que lidiar con problemas que habrían sido fácilmente evitables simplemente no saliendo a la tele. Lo que a muchos les relaja es, sin embargo, indigerible para otros. Y no ocurre solo con lo que la telerrealidad regurgita, sino también con la ficción. Los creadores de «Vergüenza», de Movistar, saben que hay seguidores incapaces de ver sus capítulos sin sentir un bochorno insoportable.

La serie protagonizada por Javier Gutiérrez y Malena Alterio es una sucesión de tropiezos exagerada y escatológica, que aprovecha, una tras otra, las múltiples ocasiones que la vida brinda para meter la pata hasta el fondo. En su tercera temporada aprieta el acelerador del sofoco. Arranca con un detonante con el que muchos padres podrán identificarse, una discusión del protagonista con su hijo preadolescente por culpa del teléfono móvil; aunque no todos compartan la solución, una colleja deplorable. Aquí, el desmán es magnificado por decenas de cámaras que lo graban y lo replican con escarnio por todo el país.

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