Cuándo morir


Reagan agonizaba sin memoria de lo que había sido y Nancy rectificó la moral de la pareja y la del Partido Republicano: el alzhéimer de Ronald la convirtió en activista de las investigaciones con células madre, vanguardia científica que mientras fueron sanos e inmortales despreciaron y entorpecieron aunque fuera un alivio para otras personas.

Es vieja la apelación a la doble moral de la derecha con los progresos civiles pero en España al menos se cumple tan a rajatabla que es inevitable desplegarla ahora que se anuncia una nueva frontera en los derechos de todos: la muerte digna. Se opusieron al divorcio, al aborto, al matrimonio gay y enseguida se divorciaron, abortaron y se casaron por eso cansa este empeño sistemático y sistémico por poner diques a la evolución, a la normalidad y, ahí va, a la felicidad.

Es tan previsible la coreografía argumental de la derecha, incluidos desbarres como el del diputado del PP que explicó el proyecto de ley de eutanasia como un plan para eliminar viejos y pensiones, que aparece sin pedirla la cara de aquel político llamado Álvarez Cascos que en el debate de la ley del divorcio, en 1981, proclamó una furia rocosa contra la reforma porque para él «la familia es indivisible» y enseguida empezó a divorciarse sin parar, pimpán, pimpán.

Luego está, también, una contundente circunstancia: la eutanasia ya se practica y se recibe en España, sin reglas generales y entre una élite que exige tener el control de la muerte propia igual que se nos exige tenerlo de la vida propia. Existe esa red por la que solo hay que preguntar. Por eso es justa, madura y equilibradora una norma que proteja a todos, sin que sea necesario entrar en la bruma del alzhéimer o en los privilegios de las élites.

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