Es curioso observar cómo los seres humanos gastan ingentes cantidades de dinero en defenderse del vecino y en maquinar constantemente en las posibles amenazas que están argallando nuestros congéneres.

Nos fascinan las historias bélicas y los relatos valerosos de honor y gloria que giran sobre símbolos. La religión, la bandera, el territorio, el escudo... símbolos al fin y al cabo que solo existen en el lenguaje y el pensamiento humano. Los animales no saben nada de blasones y profetas.

Hay un conjunto de intersección entre el mundo simbólico del ser humano y el real de los animales que atañe a ambos: los microorganismos; esos bichitos que han sido y son los causantes de los mayores holocaustos humanos.

Que sepamos a ciencia cierta, la peste bubónica causó cientos de millones de muertos en Bizancio, Atenas, Roma y toda Europa. En el siglo XVI la viruela mató más de 75 millones de europeos y americanos. La gripe española de 1918 se llevó ella sola 50 millones. El tifus y el sida cerca de 30. El ébola, el zika, las vacas locas, la gripe aviar, el coronavirus...

Está claro quién es el enemigo que nos amenaza y diezma. Sorprende el poco presupuesto que se dedica a estudiar al enemigo real, para prevenir sus ataques y poder exterminarlo en cuanto asome por el horizonte.

Lloramos mejor a los muertos causados por nuestras guerras que a los de las epidemias causadas por microorganismos, cuando debería ser al revés, viendo la descomunal diferencia de bajas que causan unas y otras.

Las tecnologías de la vigilancia, los móviles, los satélites tendrían que dedicarse a patrullar sus guaridas y vigilar que se cumplan las medidas de higiene impuestas a todos. A descubrir en su inicio la estrategia de caballo de Troya que emplean en sus ataques invadiéndonos a través de la comida, el contacto o la respiración.

Cuando los habitantes de la realidad nos estallan en la cara con crudeza es quizá la única ocasión en que la mirada del hombre se enturbia, y sus enemigos humanos se convierten en aliados de una misma causa: sobrevivir.

La bomba atómica es un petardo de feria comparada con el holocausto causado por la colonización de un microorganismo hostil; valdría más la pena dejar de jugar a la guerra y a la Play, y dedicarse a diseñar apps y realidades virtuales que nos adiestren a detectar y prevenir estos bichos para que no entren en acción.

El dinero gastado y los recursos puestos en juego frente al ataque del coronavirus son el ejemplo claro de lo que pasa cuando no hay más remedio que dejar de jugar a las batallitas y enfrentarse a una guerra global.

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