La soledad mata


Más que el tabaco, que la obesidad, que la contaminación, la soledad no elegida es una auténtica epidemia silenciosa e invisible y es transversal, afectando a todas las edades. Dos millones de mayores de 65 años viven solos, en España hay 4,7 millones de hogares unipersonales y en muchos de ellos es la primera causa de exclusión social.

Claramente es un problema estructural e invisible. Según un reciente estudio de UGT, el 72 % de las personas mayores que viven solas son mujeres; una soledad a la que se llega, señala el informe, «por jubilación, la emancipación de los hijos o la pérdida de la pareja o cónyuge». Las personas afectadas por la soledad emocional sufren consecuencias devastadoras. A ello hay que unir el progresivo empobrecimiento económico que supone una vida sin demasiados recursos, que obliga a una existencia donde hay que hacer malabarismos para financiar la supervivencia.

La soledad no es únicamente un estado de ánimo comparable con la tristeza o la ansiedad, es un camino tortuoso y doloroso que está al final de una vida recorrida desde la memoria de unos días felices. Y no hay antídoto ni vacuna eficaz contra la soledad. Habita en los silencios, en una rutina donde no existen emociones; en la búsqueda de la luz de las mañanas al levantar la persiana, en aguardar a que llegue la muerte. Es habitual leer noticias de ancianos muertos en sus domicilios que tardan varios días hasta que su fallecimiento es evidenciado. Muchos de ellos murieron de soledad, la epidemia letal y silenciosa que crece a marchas agigantadas en Occidente.

La soledad no deseada es un dardo que se clava en la diana del corazón, del corazón colectivo de una manera de entender, de descifrar la vida. Hay una alarma, una alerta en voz baja, susurrada, evitable, cuando nos enfrentamos a estos temas que resultan incómodos para el debate y nos llevan a la frontera dialéctica de la eutanasia regulada, legalizada, aunque hoy por hoy la llamada muerte digna no está en la agenda.

Me gusta llamar pan al pan y vino al vino y subrayar con palabras todo el dolor que cabe en esta colaboración, aunque para concluir cite a Bécquer, que escribió que «la soledad es muy hermosa cuando se tiene junto a alguien a quien contárselo».

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