Ha dicho el rey que «España no puede ser de unos contra otros» e hizo un llamamiento a los partidos a recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones, reclamando «acuerdos». Pero claro, los buenos consejos son una cosa y la realidad otra.
No hay que ser un genio para adivinar que la legislatura no ofrece datos para el optimismo. Dejemos a un lado ya la necedad de los independentistas de ausentarse porque, según parece, «no tenemos rey», aunque viven en las mismas autonomías, con las mismas reglas y las mismas leyes, y en un país que tiene la monarquía parlamentaria como forma de Gobierno, y se muestran muy molestos por las palabras del rey que no tienen en el 2020. Pero el espectáculo circense es lo menos relevante de los tiempos parlamentarios que iniciamos. Tiempos en los que, otra vez más, Cataluña y el independentismo vuelven a ser decisivos en el devenir parlamentario y político, pese a la fragilidad económica y social que es lo que preocupa a la ciudadanía. La pelea entre ERC y JxCat ante los comicios de no se sabe cuándo ensombrece aún más un panorama en el que Puigdemont y Torra van a desempeñar un papel determinante entorpeciendo, tensionando, porque precisamente en el desorden y en la refriega es donde mejor se desenvuelven y donde pueden lograr algunos de sus objetivos.
Tampoco esta vez disponemos del mejor Gobierno y de la mejor oposición. La bisoñez aliñada con audacia, la necesidad de despegarse electoralmente del adversario, la antipatía que se profesan y la deslealtad los convierten en peligrosos protagonistas de unos tiempos que se adivinan complejos e inciertos. Tras meses y meses de inestabilidad y atonía comenzamos un camino nuevo que debería devolvernos a la normalidad y al equilibrio. Pero va a ser un camino intrincado. Marcado por Cataluña. Otra vez.