Un Gobierno pardillo


Resultan grotescas, groseras y de mal gusto las declaraciones de la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, cuando afirma que la intervención del ministro de Transportes, José Luis Ábalos, evitó una crisis diplomática al convencer a la vicepresidenta venezolana y mano derecha de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, de que no pisara suelo español. Son declaraciones ridículas porque está admitiendo que solo se entra en España si pisa terreno, pero no circula por el espacio aéreo. Desde el momento en que una aeronave entra en el espacio aéreo de un país soberano ya está en ese país, según las reglas de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI). Al parecer, las autoridades españolas conocían al menos cuatro horas antes de aterrizar que en el avión viajaba la vicepresidenta de Venezuela. Tuvieron tiempo suficiente para comunicar a la aeronave que no podía entrar en territorio español ni por aire, ni por mar, ni por tierra. Pero no lo hicieron. Permitieron que el avión aterrizara en Barajas, por tanto en territorio español. Y esto, que es tan sencillo de entender, se le intenta dar la vuelta a la tortilla y se quiere hacer tragar con rueda de molino a la ciudadanía. Quien quiera tragarse esa rueda, allá él con sus tragaderas y su capacidad de tolerar cosas inconvenientes en su libre albedrío. Pero, en mi opinión, no debemos admitir que se falte a la verdad de manera tan burda.

El Gobierno ha caído como un pardillo en las maniobras de la venezolana. Y eso de que se ha evitado una crisis diplomática está por ver. Tengo mis dudas sobre la credibilidad y la confiabilidad de España ante las cancillerías de nuestros aliados después de este comportamiento. En política internacional perder fiabilidad es muy serio y el alcance de este escándalo aún está por determinar. Que nuestros aliados callen no significa que olviden y más tarde o temprano puede tener consecuencias. Ojalá me equivoque. Aunque no se hagan públicas, la diplomacia española va a tener que dar explicaciones porque a buen seguro que algún país se las va a pedir.

Si el Gobierno tuviera conocimiento de cómo actúa la señora Delcy Rodríguez, tendría que saber que en el 2016 intentó reventar una reunión de Mercosur ­-organización de la que fue expulsada Venezuela- en Argentina, presentándose a la chita callando en Buenos Aires. En aquella ocasión se escondió detrás de una pancarta que decía «derechos de las mujeres, derecho de la mujer» y, deslizándose entre los manifestantes, entró en el Palacio de San Martín. Los vigilantes no la dejaban entrar, pero al final lo hizo. Solo fue recibida por el representante de Bolivia, porque el resto de los asistentes hicieron la reunión en otro lugar. Sin ella, claro.

Delcy Rodríguez es de armas tomar. Como vicepresidenta es la responsable final de la policía política, el SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), y por sus manos pasan los expedientes de los represaliados y asesinados políticos en Venezuela. Es fácilmente comparable con Cruella de Vil, un personaje siniestro y malvado. Y con ella se entrevistó el señor Ábalos. Penoso.

Por Luis Grandal Periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

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