España se asfixia en sus anécdotas


En el mundo hay cosas discutibles, y otras que no lo son. Y lo que explica esta disyuntiva no es ni la obviedad de los hechos ni la enjundia de los argumentos, sino la existencia de una autoridad y un procedimiento que permite zanjar la discusión. Entre los debates que durarán hasta el Juicio Final figura el que trata de dilucidar cuál de las dos -Rita Hayworth o Ava Gardner- era más hermosa. Pero carece de sentido, en cambio, discutir si existió el penalti que falló Djukic; porque el árbitro lo pitó, el portero lo paró, y la Liga acabó en el Camp Nou. En el primer caso no hay arbitrio ni procedimiento, y la discusión se eterniza. En el segundo, bastó un minuto para resolver el caso más endiablado del fútbol español.

Con este exordio me justifico para decir que, cuando discutimos si Hacienda le debe a Galicia 200 millones procedentes de la recaudación del IVA; si Torra sigue siendo presidente de la Generalitat; o si la ministra Delcy Rodríguez holló suelo comunitario o fue volando hasta el avión comercial, no estamos dilucidando si Rita es más bella que Ava -cuestión irresoluble-, sino debatiendo lo que un país serio -con procedimientos precisos y con árbitros competentes- debería resolver en pocas horas, para evitar que el campo político se embarre más aún de lo que está.

Si lo del IVA tiene que ver con lo que gestiona Hacienda y los gallegos pagamos, la ministra Montero lleva un año prevaricando, el debate no tiene sentido, y los procedimientos administrativos y penales del Estado de derecho deben ser activados, porque los ciudadanos no estamos obligados a surfear sobre el bizantinismo para saber quiénes somos y dónde estamos. Si los tribunales ya han hecho lo más difícil y discutible, que es privar a un diputado de su acta, sin mediar sentencia firme, y por una extraña iniciativa de la JEC, no podemos pasar ni un minuto más sin que se arbitre y se zanje el debate sobre si Torra es o no es president. Porque todo esto genera problemas e inestabilidad, y transmite una sensación de improvisación e incompetencia -sin mencionar la vagancia y el canguelo a decidir- que afecta al Estado y a sus instituciones y al sano ejercicio de la democracia. Y si Delcy Rodríguez no tiene alas, cosa que un forense podría certificar en pocos minutos, el ministro Ábalos debe explicar lo inexplicable, aunque la mayoría parlamentaria, en este caso, pueda convalidar su gazapo y ponerle una medalla.

El brutal desbarajuste que sufre España, desde el 2016 no se debe a una plaga de Egipto desviada, sino a que el contubernio entre electores y cantamañanas, que durante cuatro años ha bloqueado la gobernabilidad, se enzarza ahora en todo lo irrelevante, en vez de abordar los importantes y graves problemas que hemos acumulado. El espectáculo que están dando los tres poderes -juntos o por separado- está rayando la bufonada. Y los ciudadanos y medios de comunicación no deberíamos ser comparsa de este esperpento, entrando en discusiones que pueden y deben ser inmediatamente zanjadas.

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