El Gobierno libanés


No parece casualidad que las protestas de los libaneses que se vienen sucediendo desde octubre del 2019 hayan logrado reunir a jóvenes de todas las etnias y confesiones religiosas contra la corrupción e ineficacia de sus gobiernos. Al margen de su estatus social, género o ideología, los libaneses comparten la frustración que supone no tener servicios básicos, carecer de empleo y perspectivas de futuro, mientras las élites políticas se reparten el presupuesto estatal como los cuarenta ladrones de Alí Baba. La inoperancia del Gobierno por su servilismo sectario ha logrado lo que parecía imposible: la unidad social.

Líbano, la otrora Suiza de Oriente Próximo, fue sede de una próspera sociedad de comerciantes donde inversores de todo el mundo solían recalar con la confianza que daba un sistema bancario solvente y serio. Sin recursos naturales como Irak, que nada en petróleo, la habilidad para los negocios y su nivel educativo la convirtieron en faro de la modernidad hasta la década de los 70, cuando la violencia sectaria la sumió en la oscuridad de una interminable guerra civil. El sistema de reparto de poder acordado con el pacto de Taif de 1989 reequilibró los porcentajes entre musulmanes y cristianos, si bien estos últimos retuvieron una cuota superior a la que les correspondería por número. Esta división sectaria propició el nepotismo y la corrupción, al tiempo que la nefasta injerencia de Irán y Siria dio un poder cada más creciente al grupo terrorista chií Hezbolá hasta convertirlo en imprescindible para mantener la estabilidad del país.

Con el ingeniero y antiguo ministro de Cultura, el sunnita Hassan Diab, como nuevo primer ministro, el gabinete técnico propuesto no convence a los manifestantes, que consideran que solo es un lavado de imagen, ya que cada uno de los miembros responde a los intereses de alguno de los partidos corruptos que siguen moviendo los hilos del poder en las sombras, con Hezbolá como principal apoyo tanto del presidente como el primer ministro.

El colapso económico del Líbano y la unidad de los manifestantes presagian la continuidad de las protestas. No hay soluciones fáciles pero la calle pide un nuevo sistema político y elecciones, y no se les podrá acallar con parches.

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