Sánchez y el futuro


A Pedro Sánchez, con su superpoblado Consejo de Ministros, se le van ocurriendo novedosas responsabilidades con distintas formulaciones. Así, él es (o puede ser) el presidente que casi todo lo politiza, el que divide a los jueces (con la designación de la exministra de Justicia como fiscala general del Estado), el que autoriza pasos todavía confusos e inciertos en el complejo devenir del independentismo catalán, etc. Da la sensación de que se ha internado en una selva, sin rumbo ni brújula.

¿Qué futuro quiere para nosotros? Estoy convencido de que quiere lo mejor (y también para él mismo), pero quizá aún no sabe cómo identificarlo y conseguirlo. Ni parece que quiera contar con todos en ese legítimo intento. Así, la vía de la improvisación parece imponerse y confundirnos, quizá porque, como dijo el filósofo Friedrich Nietzsche, «todo pensador profundo tiene más miedo a ser entendido que a ser malentendido» (el mismo Nietzsche que nos reveló que «un político divide la humanidad en dos clases: los instrumentos y los enemigos»). Y quizá en esto estamos aquí y ahora. Porque el patio está revuelto y convendría empezar a construir sólidos puentes de solidaridad hacia un futuro distendido y prometedor, sin oportunidades para los rudos enconos. La ambición política de Sánchez debería trabajar en esta dirección.

En definitiva, se trata de no descarrilar. Hay confusión ahora, cierto, pero no se trata de agrandarla con énfasis preventivos, sino de buscar los acuerdos necesarios para hacer el camino en paz y no agotar las energías en rudos enconos desmotivadores e incluso peligrosos. Alguien debiera de recordarnos (también desde el poder) que aquí cabemos todos y que la democracia es nuestra arma más legítima e irrenunciable. Por este camino llegarán unos cambios que serán heredados por otros, conforme a la voluntad popular. Es algo que no deberíamos olvidar. Y Pedro Sánchez deberá ver recompensados sus aciertos, sí, pero también combatidos sus errores y desaciertos. Porque en esto consiste la democracia. Y si él echa algo de esto en el olvido, habrá que recordárselo desde las mismas entrañas de la democracia que lo ha llevado al poder y que lo sustenta. Porque la democracia es nuestro mayor tesoro colectivo.

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