El día que le di jaque a Kárpov


Sí, yo le di un jaque a Anatoli Kárpov. Y eso que apenas sé jugar al ajedrez. No quiero prolongar el malentendido: No le gané. Me ganó él. Pero le di un jaque a una de las mentes más brillantes de todos los tiempos. La historia es bochornosa, pero en cierto modo épica, y encierra una moraleja importante, como se verá. Lo he recordado esta tarde, cuando, hurgando en una caja que quedó sin abrir desde la última mudanza, me encontré con un talismán: un peón negro que guardé de aquella partida, brillante como el betún.

Esto fue hace años. Kárpov vino a jugar a Madrid y se seleccionó a veinte víctimas propiciatorias para una partida simultánea. Algunos eran aficionados muy avanzados, otros eran niños prodigio de las escuelas de ajedrez. Y luego estaba yo. En aquel entonces trabajaba en el Círculo de Bellas Artes, donde se celebraba el encuentro, y había un sitio previsto para el director, que declinó. La patata caliente fue bajando por el escalafón hasta acabar en mis manos. Se dice popularmente «con más miedo que vergüenza» pero, aunque yo tenía algo de miedo, carecía de la suficiente vergüenza. Así que acepté. Porque, aunque, se diga lo que se diga, lo importante realmente es ganar, participar también tiene su gracia.

Kárpov se pidió las blancas, supongo que para tener algo de ventaja. Iba de mesa en mesa con la mano en el pecho como Napoleón. No miraba a las piezas sino a los ojos de los jugadores. A mí me hizo una apertura cerrada, de reina. Nunca la había visto antes, y eso que mi Curso elemental de ajedrez para niños la describía como «una de las aperturas más frecuentes que existen». Me repuse de la sorpresa inicial y respondí con un par de movimientos desconcertantes, incluso para mí. Ahora era Kárpov quien nunca había visto esta jugada, y con razón. Probablemente nunca se había enfrentado a alguien que jugase tan mal. Me miraba a mí y al tablero alternativamente, tratando de dilucidar si yo era un genio o, simplemente, un idiota. Lo más gracioso es que el público lo interpretó mal y se escuchó un murmulló de aprobación, el mayor y más inmerecido elogio que he recibido nunca.

Pero Kárpov me había calado y se aprestó a mover sus caballos (Cc3, Cf3), contra lo que yo respondí moviendo otro caballo y un alfil. Mi táctica, inspirada en el fútbol italiano clásico, iba a ser el catenaccio. Me enroqué en el sexto movimiento y me lo tomé con calma. Me puse a hacer garabatos en el papel que nos habían dado para anotar las jugadas (luego supe que era para eso); hice la lista de la compra, esbocé una caricatura de Kárpov... Así estuvimos una hora y media.

Y entonces ocurrió lo inexorable: Kárpov miró el reloj y decidió que era el momento de irse a comer. Fue dando mates a todos los niños prodigio, uno tras otro. A mí me comió un alfil «al paso», una jugada de la que yo había oído hablar pero que había creído, sinceramente, que era una broma. Consiste en que se come una pieza adelantándola. Esto le proporcionó una dama, y luego otra. Y luego otra. Como el tablero empezaba a parecer una despedida de soltera, se me ocurrió una gran idea. Un humilde peón estaba a tiro de su rey, así que... Le di un jaque. Un jaque absurdo, suicida, pero que cumplía perfectamente su función: poder contarlo luego. Ese es el peón que conservo como oro en paño. El peón que puso en jaque a Kárpov.

La moraleja que extraje aquel día es esta: cuando te encuentres ante una misión que parece imposible, inténtalo. Y luego ríndete de una vez, porque tampoco se trata de hacer el ridículo. Así que, aquel día, con un golpe seco del índice, tumbé a mi rey. Y ahí abandoné mi carrera de ajedrecista de élite. En la cumbre.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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