Viejo Macao

La vieja colonia portuguesa ha perdido su encanto tras la anexión a China


A medida que pasa el tiempo se hace más fácil visitar mundos desaparecidos, porque desaparece alguno de los que uno ya ha conocido. Me sucede a mí con Macao, de cuya anexión por la República Popular China se cumplieron el mes pasado veinte años. La fecha podría adornar una lápida, porque marcó la muerte del viejo Macao portugués y el nacimiento de otra cosa, por decirlo de alguna manera. Ahora Macao es una ciudad china como cualquier otra, que ni conserva nada de lo que la hacía singular ni ha ganado algo que le pueda compensar por esa pérdida. Se ha construido mucho y mal, y sus pintorescos casinos flotantes desvencijados, que eran un monumento nostálgico a la fascinación del Oriente colonial, han sido suplantados por cemento, cristal y neón. Es una torpe versión de Las Vegas; es decir, una imitación de una imitación de un espejismo en el desierto.

El Macao en el que desembarqué a mediados de los noventa del siglo pasado con mis amigos Joy y Daniel era muy diferente: una pequeña ciudad hundida en el sopor tropical, donde los comerciantes se abanicaban sentados a la puerta de sus comercios rotulados en chino y portugués -recuerdo uno, desconcertante, «passarinhos quadrupedes», pajaritos cuadrúpedos-. Las plazas, decoradas con azulejos, recordaban a Coimbra. En los callejones estrechos, tupidos de ropa colgada, rompía la siesta el sonido de la música china que salía de los transistores. Olía al tabaco y el té procedentes del interior, que se amontonaban en fardos en el mercado. Solo encontramos a un portugués en toda la ciudad, un oficial de la Policía de Segurança Publica que nos reveló que, aunque no lo pareciese, la ciudad estaba en toque de queda.

Efectivamente, eran los días de la gran guerra que enfrentaba por el control del juego a las dos mafias más poderosas de Macao, la tríada Soi Fong y la del mítico gánster Koi, diente roto. Los atentados se sucedían a plena luz del día, con ametrallamientos, bombas y ejecuciones sumarias. Recientemente, a un inspector del juego le habían volado la cara a la puerta del Macau Palace. A un teniente coronel portugués acababan de dispararle desde una motocicleta en marcha.

Aun así, fuimos a jugar en el viejo Casino Lisboa, que ya entonces era una ruina bamboleante en la bahía, una especie de palacio destartalado, iluminado con los colores de un gallo de Barcelos. Creo que todavía existe, pero que al lado han construido el Grand Lisboa, una enormidad que parece sacada de un cómic de Superman. En el de entonces, unos gigantes te cacheaban a la puerta para asegurarse de que dejabas las armas en recepción, y dentro había el ambiente pícaro y siniestro de un burdel de la vieja Nueva Orleans. Dentro, centenares de personas jugaban a la ruleta y otros juegos chinos que no entendíamos, alborotando en la oscuridad. No se aceptaba la moneda local, que se denomina oficialmente pataca. Solo se podía apostar con dólares de Hong Kong, y nosotros perdimos casi todos los que llevábamos. Pero al salir nos sentíamos felices de estar allí, en la noche cálida e iluminada por la luna, escuchando el chapoteo del mar en el muelle y las sirenas de los barcos que pasaban costeando el mar de China Meridional.

A la mañana siguiente, desayunando en el hotel, nos enteramos por la prensa en portugués de que un cuerpo había aparecido flotando en esa misma bahía. Pero la ciudad seguía su rutina, impertérrita. Así era el viejo Macao, como su imponente catedral de Sao Paulo, de la que solo se llegó a construir la fachada: un hermoso decorado de teatro en el que nada era lo que parecía.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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