No es Frankenstein, pero se le parece


Parece que hemos llegado al final del camino. Bueno, contengamos las palabras: a la primera parte del camino, que no es otra que la formación de una mayoría para que gobierne la coalición PSOE-Podemos. Mejor dicho: la coalición Sánchez-Iglesias, porque no se puede decir que todo el Partido Socialista esté encantado con esa solución. Si el Tribunal Supremo, la Junta Electoral y los que Felipe II habría llamado «los elementos» no lo impiden, Esquerra se abstendrá en la investidura, el PNV ya ha sellado un acuerdo y vuelven las sonrisas a la cara de don Pedro Sánchez, que no tiene que mudarse de casa.

A ver cuánto le duran esas sonrisas, porque el panorama es de enorme complejidad. Tendrá que conseguir, en primer lugar, que no haya dos gobiernos, como temía antes de su enamoramiento del líder de Podemos. Habrá que digerir el pacto con el PNV, en el que «Madrid» pone mucho más que Euskadi, desde la representación deportiva internacional al apoyo a un Estatuto de vocación soberanista redactado con Bildu, que no es el mejor ejemplo de lealtad constitucional. Y habrá que ver cómo contenta a los pequeños partidos que le darán su apoyo a cambio de concesiones y podemos asistir al nacimiento de dos nuevas Españas: la privilegiada por su apoyo al gobierno y la olvidada porque no tiene una fuerza política nacida para esas reclamaciones.

Esto no es el gobierno Frankenstein, porque no tiene a todos esos partidos sentados en el Consejo de Ministros, pero se le parece. Sánchez tiene que gobernar contando con ellos y pactando con cada uno cada ley y cada decreto-ley que lleve al Parlamento. Lo peor de la coalición con Podemos es que sigue sin sumar mayoría absoluta. Hace unos cuantos meses, cuando se hizo el primer intento fallido, Carmen Calvo utilizaba ese argumento para negar la posibilidad de acuerdo. Ahora, cuando la coalición se le hizo inevitable a Sánchez, ambos partidos reúnen todavía menos escaños. Es decir, tienen más dependencia de otras fuerzas. Enfocan la legislatura con más inseguridad.

Observamos todo esto con los ojos tapados: no tenemos ni idea -esperamos tenerla en los próximos días- de qué se habló con Esquerra; se extiende el temor a la existencia de acuerdos secretos, debidos a la dificultad de aceptar términos que supondrían algún riesgo para la unidad, por mucho que se asegure que todo se hará en el ámbito de la Constitución. Y hay un miedo mayor: de los 350 diputados del Congreso, unos 120 son contrarios, al menos críticos, con el sistema actual, empezando por la Monarquía. Esos son los ingredientes más delicados del tiempo político. Pese a todo, feliz 2020. Si hay tanto pesimismo como se dice, al menos tendremos un gobierno de cierta estabilidad.

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