Algunos grupos, para desvirtuar lo de la encarnación, tratan de demostrar el origen pagano de la Navidad, demostrando que la Navidad es la cristianización de fiestas anteriores. Otros grupos han pretendido eliminar la Navidad, a veces con el pretexto de no ofender a grupos de religión distinta o sin religión. Puesto que no han podido lograr su propósito, han optado por celebrarla prescindiendo por completo del misterio cristiano celebrado en la Navidad, Navidad sin Natividad. Algo parecido a aquellos que no quieren que sus hijos no sean bautizados ni hagan la Primera Comunión, pero no quieren privar a sus hijos de un rito de paso ni de una fiesta como la que tienen los que la hacen.

La sociedad posmoderna, centrada en el rendimiento, en la eficacia y en la diversión, no deja demasiado espacio a la celebración, ni al rito, ni a la contemplación del misterio. Los ritos y las fiestas, en sentido tradicional, no se inventan, sino que se aprenden. Los ritos y fiestas son fruto de tradiciones de los que la colectividad y los individuos abrevan según sus necesidades. Los ritos, las fiestas tradicionales, no son partidas acabadas, sino que entablan una nueva partida cada vez que las celebramos. El hombre reconoce que en este proceso la opacidad de su existencia adquiere un significado que parece trascenderlo. Esto supone que, a pesar de las diferencias que pueda haber entre unas fiestas y otras, también hay semejanzas, traducible por proximidad, de lo contrario sería imposible para los que vienen comprender lo que fue una fiesta para los que ya pasaron.

Todas las formas se vuelven legítimas para abrir el camino a la pluralización subjetiva. La fiesta es como un autoservicio, hace parte del consumo cotidiano como el cine, las telenovelas, conciertos; hace parte del menú diario del consumidor moderno que busca emociones y sensaciones nuevas, excluyendo de su vida los códigos ascéticos del pasado y buscando principalmente el bienestar, la moda, el ocio y el entretenimiento. Las nuevas generaciones, más que por razones razonables se mueven por emociones y por creencias sometidas a los efectos especiales de las nuevas tecnologías. Toman la vida como un espectáculo; les dan valor al espectáculo y la simulación, lo que supone la adhesión a la virtualidad, no a la realidad real. Las fiestas corresponden a la representaron que los colectivos se hacen del mundo, de la moral, del ocio, y son propias y distintas en los diferentes grupos.

La respuesta del hombre ante el pesebre no puede ser más que el sobrecogimiento, el anonadamiento, el asombro y la contemplación en silencio del silencio de Dios. Solo guarda silencio quien tiene algo que decir; los demás callan. La encarnación puso al alcance de los sencillos lo incomprensible de Dios. El cristianismo es la relación del hombre con el Cristo que existió. El nihilismo actual, la kenosis de que habla San Pablo, devuelve al hombre actual la libertad para escuchar la palabra de Dios, para hincarse de rodillas o permanecer de pie delante del portal de Belén, un precipitado de misterio, y meditar en silencio sobre el silencio de Dios. El nacimiento de Jesús, ¡qué misterio insondable!, es el inicio del cristianismo, lo precedente e inicial, lo que determina toda la historia del cristianismo, como su surgimiento e inauguración. No hay proceso de selección. Toda palabra de la teología cristiana recibe su contenido y significado a partir de la Navidad.

Por Manuel Mandianes Antropólogo del CSIC y escritor

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