El otoño nos subyuga por su belleza, pero la mente se impregna también inexorablemente de tristeza, recuerdos y melancolía. Ahora comprendo por qué el otoño es época de arrebatadas melancolías. Y en consonancia con la desangelada y umbría paz del bosque, se humedecen los ojos que empiezan a expresar en sintonía con la naturaleza (de la que formamos parte) la tristeza del organismo. En fin, hemos entrado en el gran reino del otoño. El otoño es un bosque de preguntas desatadas por esos paisajes y esa música sorda que bate los días y, precisamente, en esa bruma se despierta la fragilidad humana y, tal vez, el absurdo de la existencia. El hombre se enfrenta con su cruda realidad que advierte en el caer de las hojas, en los árboles desnudos y en el crepúsculo del sol otoñal. El otoño es la mejor metáfora de nuestro propio declive y debilidad. El otoño se presenta como un cansancio luminoso, como desierto de huellas, como estación sin tiempo, como fulgor que despide la luz al apagarse. Quizá por eso seamos más vulnerables y el fantasma de la limitación del tiempo y de la muerte desencadene una cascada de sintomatología depresiva.
Tal vez por eso, la gente dice que el otoño es época de «depre», que las depresiones son para el otoño. Las noches se hacen largas y los días grises. Brota el hastío, la monotonía del reloj, la distancia, la extrañeza, la desconfianza y la fuga. La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que en el año 2020 la depresión sea la segunda causa de incapacidad en el mundo, tras la patología cardiovascular. La depresión es la principal causa de sufrimiento emocional en el envejecimiento y reduce de forma significativa la calidad de vida de las personas mayores. Cerca de cinco millones de personas en este país sufren de depresión. Además, las depresiones son la causa del 80 % de los suicidios y en España la tasa de suicidios ronda la cifra de cinco mil al año. Sin duda, la disminución de la luz solar en la estación otoñal produce cambios drásticos en nuestro reloj biológico, alterando el patrón de respuesta fisiológica ante los cambios de luminosidad. Por eso, aumenta la producción de melatonina, al tiempo que disminuyen los niveles de serotonina y, en consecuencia, se modifican los estados de ánimo, produciendo en personas especialmente vulnerables las temibles depresiones y la ideación suicida. Hasta un 5 % o un 10 % de las personas adultas sentirán en los meses de otoño e invierno cansancio, letargia, desesperanza, aislamiento social, desánimo, frustración y disminución de la actividad. La reducción de horas de luz y la llegada del frío se encuentran entre los factores desencadenantes de este trastorno psicológico. La persona predispuesta a este tipo de desorden tiene que conseguir que su hogar sea más luminoso. Todo ello, sin duda, contribuye a hacerles más felices.