Es ya un lugar común en el análisis político afirmar que cuando el centroderecha alcanza acuerdos con la derecha más radical, acaba devorado por esta y asumiendo sus postulados extremistas. Lo que no es tan habitual en esas especulaciones teóricas es defender algo que resulta obvio, porque existen en España experiencias empíricas que lo demuestran. Cuando la socialdemocracia se alía con el populismo de izquierda y el nacionalismo, termina contaminada por el discurso económico utópico y antisistema propio de la extrema izquierda y el pensamiento excluyente e insolidario consustancial al independentismo. A eso asistimos ahora con la temeraria negociación en la que el socialista Pedro Sánchez se ha embarcado con Unidas Podemos y con ERC para sacar adelante su investidura. Una negociación que, independientemente de cuál sea su resultado, lastrará durante mucho tiempo a los socialistas y al modelo político estable y moderado surgido de la Transición.
El PSOE es un partido con 140 años de historia que ha contribuido de manera decisiva a la llegada de la democracia, el progreso económico y la igualdad entre los españoles, que nada tiene que ver con una fuerza como Podemos y un líder como Pablo Iglesias, que llegaron hace cinco años precisamente con la intención de dinamitar ese sistema y esa arquitectura constitucional que ha dado a España el período de mayor prosperidad de su historia. Y menos todavía tiene que ver el PSOE con el independentismo xenófobo que ataca de raíz la base de la socialdemocracia, que es la igualdad en derechos y deberes de todos los ciudadanos, la justicia social y la solidaridad fiscal. Situar a Podemos en el centro de esta insensata e incierta operación precisamente cuando los españoles han dejado claro que no están por la vía de impugnar la Constitución, al dejar al partido de Iglesias en unos escuálidos 35 escaños, y plegarse a las exigencias de un independentismo dispuesto a dilatar al máximo la humillación al PSOE imponiendo su calendario para la investidura y poniendo encima de la mesa la liberación de los que llama «presos políticos», es una irresponsabilidad cuyas consecuencias trascienden con mucho el futuro político de Sánchez, sea este el que sea.
Gobernar en alianza con Unidas Podemos, el PNV, ERC, EH Bildu y el BNG, entre otros, y negociando incluso con Joaquim Torra, que es lo mismo que decir con Puigdemont, es algo que iría mucho más allá de la peripecia política de esta legislatura y sentaría las bases para la destrucción del modelo constitucional de monarquía parlamentaria surgido de la Transición, que es a lo que aspiran Podemos y el independentismo. Una aventura irresponsable de consecuencias incalculables con la que Sánchez no solo contamina su propio partido, sino que juega a la ruleta rusa con el futuro de España. Es hora de que, antes de que sea demasiado tarde, esa inmensa mayoría del PSOE que no comulga con el populismo y el separatismo levante la voz para impedir que la ambición de Sánchez consume esa operación de acoso y derribo a la Constitución.