La incapacidad para reconocer los errores, para darnos cuenta de que los hemos cometido o para admitirlos como tales, produce mucho más daño que los propios errores, porque nos condena a insistir en ellos. Chesterton lo aplicaba a la vida política y a los políticos, a quienes decía que «es humano cometer errores; el único error mortal de entre todos los errores es el de negar que nos hemos equivocado». Les sugiero que intenten hacer memoria de la última vez en que alguien admitió un error. Probablemente recordarán algún caso, no muchos, de uno o una que supo aceptar un fracaso palmario, obvio. Pero un error… Hay una respuesta que sigue compareciendo a menudo en cualquier entrevista periodística a cualquier personaje del momento: «No me arrepiento de nada», dicen. Si lo humano es cometer errores, no arrepentirse de nada -además de poco sabio y realista- tiene mucho de inhumano. Pero es corriente en política. Y en España, más. Incluso cuando todo aconseja pedir perdón por el daño a veces irreparable y por el mal ejemplo notorio. Nada.

El problema radica en que el perdón, si no se pide, no se puede recibir. Y sin arrepentimiento, resulta completamente ineficaz. Por eso, decía Chesterton, los políticos «deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados».

No podemos imaginar siquiera que un político pida perdón por gestionar mal, por llevarse un porcentaje de los contratos, por adjudicarlos a amigos o gente dispuesta a pagar o por dilapidar dineros destinados a indemnizaciones de trabajadores.

@pacosanchez

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