En las múltiples tertulias que ayer llenaban los minutos de televisión mientras esperábamos el veredicto sobre el crimen de Diana Quer, escuché como una de las invitadas a esas mesas redondas apuntaba que al autor confeso de la muerte de la joven había que llamarlo por su nombre, José Enrique Abuín Gey, y no por su apodo. Porque consideraba que llamarlo Chicle le restaba cierta identidad. Craso error. Ese nombre y esos apellidos no le dicen nada a quienes le conocen desde siempre, sin embargo, todo el mundo en Rianxo, y particularmente en Asados, asocia inmediatamente al Chicle con una cara, con un hombre con el que hemos intercambiado el saludo cientos de veces e incluso, como ocurre con todo el mundo en las aldeas, con el que hemos convivido en algún momento de una u otra forma.

El apodo no es una invención reciente, Enrique es el Chicle desde los tiempos del colegio y muchos seguramente no sabrán siquiera su nombre de pila. Sí conoce todo el mundo una de las variantes en las que derivó ese sobrenombre, Chikilín, un diminutivo que puede sonar contraproducente atribuido a alguien que se sienta en el banquillo acusado de delitos tan graves como el de violación y asesinato. Pero ese diminutivo refleja bien a las claras lo que todos (o la mayoría) creemos: nadie pensaba que fuera capaz de matar a una persona. Muchos, de hecho, ni siquiera lo tomaban demasiado en serio.

El robo de gasoil, el furtivismo, el trapicheo de drogas a mayor o menor escala... Nada de eso sorprende del Chicle. Siempre ha sido un bala, también un poco «maquinero», hacía el cafre con el coche y es un fanfarrón. Y aunque muchos dudan que sea capaz de urdir él solo un plan bien medido para ocultar un asesinato, quienes lo conocen a fondo aseguran que para delinquir sí que es listo. Aún así, lo capturaron con varios kilos de cocaína en el coche, y cuando fue detenido nadie se extrañó demasiado porque, sin conocer en detalle sus negocios, entraba dentro de las posibilidades que estuviese metido en ese tipo de actividades.

Otra cosa es lo que ocurrió aquel 31 de diciembre, y si no fuera porque el mismo Chicle llevó a los investigadores hasta el pozo de la antigua fábrica de gaseosas, nadie en Asados y en Rianxo lo creería capaz de cometer un crimen semejante. Ese tipo de cosas siempre ocurren lejos de esta tierra y era inconcebible que uno de los nuestros pudiera ser el responsable de algo tan terrible.

Incluso después de la bomba que supuso para sus vecinos ser conscientes de que Diana Quer estuvo oculta durante meses a unos metros de sus casas; incluso después del juicio, la incredulidad sigue instalada entre los vecinos de Rianxo, que solo esperamos que todo acabe por fin para que se nos deje de señalar por unos actos que todavía no hemos sido capaces de asimilar.

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Chikilín