Vigo Kardashian

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

El Vigo Eye parpadeante que hemos visto por las redes antes del encendido oficial parece un hipnotizador psicodélico, ultrasónico y califragilístico destinado a sugestionar a todo el que circule por la Alameda. Es inevitable visualizar a Caballero con el ojo pintado y un turbante turquesa, meciendo las manos a la altura de los vigueses y diciéndoles «síguemeeeee, síguemeeee» y detrás de la capa, ese agujero fluorescente de 40 metros de ancho, parpadeo constante hacia otra dimensión, la de la viguesidad total y absoluta, esa identidad de chachachá que forja Caballero cada vez que coge un micrófono y los cañones de luz iluminan su fina estampa. En un psicoanálisis pailán, alguien podría pensar que con la capa hipnotizadora y el Vigo Eye, Abel resarce la pena de aquel doloroso traspié que un funesto 19 de octubre de 1997 envió al PSOE a las catacumbas políticas y a un vergonzoso tercer puesto, y que desde entonces todo su empeño político, que es denodado, lo ha destinado a demostrarse que no es un perdedor, sino todo lo contrario.

Abel Caballero ha llevado hasta el brilli brilli total el ahora en revisión coruñesismo/Massiel de Paco Vázquez, que en sus años de gloria era el alcalde preferido de los vigueses. Sobre las amargas cenizas de aquella vieja derrota, el de Ponteareas ha construido una alcaldía Kardashian que el público sigue con el mismo regocijo perplejo que embarga a quienes escrutan cada centímetro de expansión del culo de Kim, que más que un culo, transporta un continente. En ese tipo de sustancia parece moverse el fenómeno Vigo, en donde alguien ha entendido muy requetebién que hacer equilibrios entre lo excesivo y lo ridículo puede ser tan rentable como las audiencias vespertinas del Sálvame. ¡Ande yo caliente! Con diez millones de luces, ríase la gente.