Mar del Orzán


A veces, algunas personas lanzan al mar botellas con mensajes dentro para ver qué hacen con ellas las olas. Suelen ser mensajes o demasiado cursis («paz en el mundo») o demasiado banales («quien encuentre esto, que lo devuelva a tal y tal dirección»). La belleza y la familiaridad del mar hace que en ocasiones olvidemos lo que es en realidad: un animal gigantesco sacudido por fuerzas inconmensurables, una enorme reserva de energía cinética siempre en el límite de desatar una catástrofe. Movido por la luna, por el viento y el calor del sol, se retuerce, se agita, ruge y golpea la costa con la furia de un gorila. Las olas que van a romper a la playa son solo un pequeño estertor de esta fuerza que alberga el océano.

El domingo pasado, esas olas devolvieron en Riazor algo que ha conmocionado a los coruñeses, y a muchos que no lo somos. Un perro que acompañaba a su dueña en un paseo por la playa en marea baja husmeó algo en la arena mojada. Era una cartera de cuero muy deteriorada. Dentro estaban la placa corroída y el carné con la fotografía de Javier López, uno de los tres policías nacionales que se ahogaron en la contigua playa del Orzán hace casi ocho años mientras intentaban salvar la vida a un joven imprudente.

La historia se ha contado muchas veces, pero nunca serán suficientes. Era la madrugada y un estudiante extranjero se estaba ahogando en una pleamar con olas de cinco metros y alerta naranja. Varios policías nacionales que escucharon los gritos de auxilio, junto a un muchacho que pasaba por allí llamado Adrián Doce, formaron una cadena humana para intentar el rescate del estudiante, pero un golpe de mar se lo tragó a él y otro rompió la cadena de manos, arrastrándolos mar adentro. El joven Adrián y uno de los agentes pudieron ser rescatados por otros compañeros, pero Tomas Velicky, José Antonio Villamor, Rodrigo Maseda y Javier López ya no volvieron. Sus cuerpos fueron apareciendo en los días y las semanas siguientes, depositados por las olas. Ahora, ocho años después, esas olas han devuelto también esta placa policial mordida por el salitre muy cerca del lugar donde cada enero los coruñeses dejan flores para recordarles.

No fue la primera vez ni, desgraciadamente, ha sido la última en que el océano se ha cobrado víctimas en el Orzán. A Coruña está en gran parte construida sobre terrenos ganados al mar y entre las dos rige una guerra no declarada. Los jardines de Méndez Núñez eran parte del Atlántico, algunas casas de los Cantones tienen bombas de agua en el sótano, y el edificio del Banco Pastor se levanta sobre pilotes de madera clavados en la arena, como si se tratase de un palacio veneciano. Si se llama así la calle del Orzán, que hoy está tierra adentro, es porque hubo un tiempo en que daba a la ensenada. La carretera del paseo es la línea de la marea alta del mar del Orzán, y el mar quiere recuperarla, con tozudez geológica.

El domingo pasado quizás el mar decretó una tregua. El Atlántico, que no siempre sabe lo que es suyo y lo que no, parece que decidió que era el momento de devolver esta cartera que había estado mirando ensimismado durante ocho años. Decíamos que algunas personas lanzan al mar botellas con mensajes que no significan nada; pero cuando el mar devuelve los restos de un naufragio, o la reliquia de un acto de heroísmo y sacrificio, como en este caso, solo cabe un silencio respetuoso. Es entonces cuando comprendemos que el mar es una inmensa tragedia, un cementerio; y una metáfora precisa y misteriosa de la eternidad.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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