El Emocionato

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

24 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Hasta el siglo XXI, el control de las emociones era una virtud y la educación se desarrollaba en torno al consenso de que no saber contenerlas era un defecto. Culturas como la japonesa o la británica vertebran sus relaciones en el mayor control emocional posible. Emoción viene de emovere, que tiene una connotación de «impulsar hacia algo». El asco nos aparta de lo que lo produce, el miedo nos hace escapar, el odio nos empuja al ataque y el amor nos aproxima. Controlar las emociones es necesario para poder templarlas y torear con el filtro de la razón, para evitar que un posible error o un arrepentimiento nos parta la femoral. Desde una timba de póquer a la más alta negociación, controlar las emociones es la base de toda estrategia. Cuando nos comunicamos, la información fluye por dos canales: el lenguaje digital (las palabras) y el analógico (todo lo demás), con la particularidad de que a través de este es imposible mentir, porque las emociones no mienten cuando se expresan; por muchos juros matasietes que un individuo suelte por la boca, puede transmitir a la vez que habla desde el miedo o la inseguridad, y esa será su desventaja. Las más tiernas palabras de amor pueden causar desprecio según cómo y quién las diga.

En la adolescencia, las emociones se convierten en pasiones y son más complicadas de contener, de ahí la proverbial impulsividad de la juventud. Para que la emoción no dirija el mundo de forma impulsiva se crearon las reglas sociales, los usos y maneras, los protocolos y las normas de cortesía... La civilización, en suma.

Dar cuerda a las emociones solo es aconsejable en el ámbito íntimo y privado porque solo ahí tiene sentido la frase de Bertolt Brecht: «Es un tipo durísimo, no le importa mostrar lo débil que es».