Contra la soledad


Cualquier pena seria -dice Joan Margarit- acaba en la soledad de usted mismo. Primero te consuelan, estás con otras personas, pero hay un momento en el que estás solo, con tu pena o tu tragedia. Entonces hay dos cosas de las que puedes echar mano: la poesía y la poesía». El poeta catalán, recién galardonado con el Premio Cervantes, sabe lo que dice: con ochenta y un años ha enterrado a dos hijas. De esto habla también en su poema Relato de madrugada, que a su vez alude a un cuento de Chéjov. En él, un taxista que acaba de perder a su hijo trata de encontrar a alguien entre sus clientes que le escuche y le consuele. Pero aunque se muestran amables, a nadie le importa. En el relato de Chéjov, el cochero acaba hablando con su caballo. Margarit encuentra otra solución mucho mejor en su poema: «De repente, /siento que todo está dentro de mí, /que el miedo ya está helándose, /y enciendo un fuego, y todos sentimos su calor,/ el taxista, el cochero, tú que me estás leyendo, /yo, mis muertos y Chéjov, todos juntos /viendo caer la vida en soledad, como la nieve». Y es verdad. Muchas veces escucho decir a la gente que «no entiende» la poesía, que «no sabe leerla», que «eso no es lo suyo». Quizá no sepan que no tienen que entender ni buscar nada, que la belleza poética es un conjunto de crueldad, de dolor, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, en el que cada uno encuentra lo que le da la gana. Solo hay que dejarse llevar, acariciar y acunar por las palabras: en ellas está el mejor antídoto contra la soledad.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y Premio Julio Camba

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