Butifarra

Xosé Ameixeiras Lavandeira
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

18 nov 2019 . Actualizado a las 05:01 h.

Hay gente que se engancha a la política como podía engancharse a las drogas. Lo escuché en una obra de teatro reciente. Y viendo el panorama parece que más de uno necesitaría una desintoxicación. Me vino a la mente todo ello cuando Torra hablaba de su digestión de butifarra con judías. Más que de gases y otras indolencias me acordé de los que hablan de la libertad como si la hubiesen inventado ellos. Y del hambre que pasan muchos seres humanos, nada. De la butifarra de la discordia al pan de la concordia media un distancia inalcanzable. Unos 800 millones y pico de personas, según las cifras más respetadas, no tienen ni butifarra ni pan. Y sedientos de justicia de la de verdad, pero también de agua. Mil millones de almas, repartidas en 80 países, carecen de agua. En Cerceda conocí a un holandés de apellido muy difícil, Huibert Uittenbogaard, que un día quiso ayudar a unos amigos que tenían una guardería para huérfanos en Kenia. Pensó aquello de que mejor que regalarle un pez al hambriento es mejor enseñarle a pescarlo. Y así fue como creó una empresa de suministro de agua en Mombasa. Antes de su iniciativa solo el 2 % o el 3 % de la población tenía acceso a agua con garantía sanitaria. Llegó a ponérsela a un precio un 20 % o un 30 % por debajo del coste y entre el 60 % y el 70 % por ciento de los habitantes podían adquirir su producto. Todas las ganancias se reinvertían y todo el capital se quedaba allí. Llegó a tener 150 empleados. En Mozambique creó, junto con otros seis socios y con la misma filosofía, una plantación de 1.000 hectáreas de nueces de macadamia. ¡Cuántos Uittenbogaard harían falta!