Siguen sin pedir perdón


Hasta la primera mitad del siglo XX (excepto Servet y Cajal en medicina, y De la Cierva y Monturiol como inventores), la ciencia y la tecnología fue en España una actividad marginal en cuanto a su organización y contexto social. La célebre frase de Unamuno, «que inventen ellos», era la consecuencia de casi 300 años de un endogámico aislamiento y de una marginación oscurantista, que un rey meapilas había ayudado a crear firmando una ley que prohibía a todos los españoles estudiar fuera de España, a excepción de las universidades católicas de Bolonia, Nápoles y Lisboa.

El 22 de noviembre del año 1559 Felipe II firmó la pragmática que marginó a todos los españoles en el desarrollo de las ciencias y las tecnologías, dando a la Iglesia católica la exclusividad de enseñanza durante 300 años en todo el imperio. Disciplinas como medicina, física, química, matemáticas, leyes, astronomía, incluso la filosofía, entre otras, no pudieron ser comparadas, discutidas y estudiadas por los españoles, que se vieron marginados a las directrices de la Santa Madre Iglesia Católica Romana. Durante ese tiempo, personajes y científicos de la talla de Copérnico, Darwin, Pascal, Galileo, Kepler, Faraday, Hooke o incluso el naturalista austríaco -agustino y católico por más señas- Johann Mendel se abrieron a la investigación, a la razón y a la ciencia, despejando nuevas conceptos y perspectivas en un mundo que avanzaba en continua evolución. Mientras esto acontecía en Europa, el candado clerical marginaba a varias generaciones de españoles.

Fue un milagro que en ese período de tiempo que engloba al que se llamó el Siglo de Oro español, artistas de la talla de Velázquez o escritores como Cervantes, Lope de Vega, Juan de la Cruz o Quevedo, entre otros, brillaran en un firmamento plagado de censores, de prohibiciones y coacciones clericales. Tuvieron que pasar casi 300 años para que, durante el Gobierno del Bienio Progresista (1854-1856), el ministro Pedro Gómez de la Serna enviara becado a un personaje singular que por desgracia todavía hoy permanece casi en la marginación: Julián Sanz del Río fue el primer español enviado al extranjero (a la universidad de Heidelberg, en Alemania) para implementar su doctorado en Derecho.

Este personaje poco conocido fue el introductor en España del krausismo, que Christian Friedrich Krause creó en forma de doctrina idealista y que se basa en una conciliación entre el teísmo y el panteísmo, según la cual Dios, sin ser el mundo (panteísmo) ni estar fuera de él (teísmo), lo contiene en sí y de él trasciende. Sanz del Río fue, a decir de muchos, maestro de maestros y una de las mejores cabezas pensantes de la segunda mitad del siglo XIX. Uno de sus alumnos, Francisco Giner de los Ríos, creó en 1876, cuando del Río ya había fallecido, y junto a otros alumnos suyos, la Institución Libre de Enseñanza, que después de casi 300 años trajo a España la luz de la razón y la enseñanza laica a España. A pesar de ser hombre íntegro y religioso, Sanz del Río fue acosado y considerado un hereje por la Iglesia Católica, la cual, a través de duras campañas de difamación, logró que fuera expulsado de la docencia en 1867. Todavía a día de hoy, y como en tantos otros casos, la Iglesia no ha pedido perdón por tamaña infamia.

Por Juan María García Otero Director de la revista «R&R. Restauración, Rehabilitación y Restauro»

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