El éxito de nuestro fracaso


Mientras España se distraía votando, yo caminaba frente al viento agrio de noviembre con los Karamazov bajo el brazo. Sobre las interioridades del ser y del humano, antes y mejor que Shakespeare, escribió el maestro Dostoyevski. Era un alquimista. Sus pócimas transforman al lector que goza la fortuna de leer bien, aunque cada vez queden menos buenos lectores. Digo que las actualidades todo lo ocupan: el hoy. Apenas miramos atrás para recrearnos con los clásicos. Ser clásico, y viejo, está mal visto. Hasta en política, con cinco líderes que no llegan a los cincuenta y nos han traído hasta aquí. Me pregunto si esto es en realidad lo que merecemos. Y concluyo que sí. Como merecía Dostoyevski salvarse de la ejecución. Su indulto, en el último suspiro, lo significó Stefan Zweig en uno de los capítulos de su libro Momentos estelares de la historia de la humanidad. Termina así el episodio dedicado al Dostoyevski indultado: «Su mirada, extraña, está del todo hundida hacia adentro. Y de sus labios contraídos pende la amarilla carcajada de los Karamazov».

Ese sería un buen título: La amarilla carcajada de los Karamazov. Finalmente, tras meditar en el macilento rostro post electoral de políticos variopintos, lo he cambiado: porque la cara es el espejo del alma. Quizá los Karamazov también se rían, a carcajadas, de esta España sometida a la irresponsabilidad y el sinsentido. Nosotros tenemos la culpa. Porque votamos mal y, paradójicamente, nos felicitamos por ello. Ya sé que la corrección política empuja a pensar lo contrario: votamos libremente, ergo votamos bien. Discrepo. Votar libremente no es lo mismo que acertar votando. Anteayer lo hicimos mal con ganas. Para dejar sentado que un español cabreado es más español y más patriota. Somos el éxito del fracaso. Ahí se retrata nuestro presidente en funciones. Él, que había convocado elecciones para llegar a los 150, se queda en 120. Pero será investido presidente, probablemente, gracias al voto de aquellos que no lo dejarían dormir -Sánchez dixit- si entrasen en el Gobierno. Yo me inclino por el sentido común: la gran coalición con el PP. Espero y deseo que suceda. Lo espero y lo deseo por el bien de toda la ciudadanía que, como yo, ha contemplado estupefacta el ascenso (otro éxito) de Vox. Ellos son el verdadero rostro de nuestro fracaso. Pero Vox, lo escribí tras el 28 de abril, es la gran obra de Sánchez. Sus votos son la base dórica sobre la que se asienta su victoria. El triunfo de Sánchez (aunque sea un triunfo hacia atrás) es el triunfo de Vox, y viceversa.

Lo saben los socialistas, aunque no lo digan. Lo saben y tal certeza se desliza bajo la mirada «extraña y hundida» de Carmen Calvo, Sánchez y Gonzalo Caballero, que ha visto cómo el PP volvía a ganar en Galicia a pesar de 180.000 votos «tirados» (sin representación) hacia Vox y Ciudadanos: ¿Intuirá el PSdeG adónde irán esos votos en unas autonómicas y de ahí su desazón? No fueron los resultados que esperaban. Por eso la mirada: extraña y hundida. Como la de Dostoievski mientras los Karamazov, en el trasmundo, se reían.

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