España en el barro


El pasado 28-A recordaba en estas mismas páginas que España ya no es diferente. Hoy desearía haberme equivocado en las implicaciones políticas del diagnóstico, en noviembre, más certero que en abril. Podría tratar de identificar algún efecto positivo para la calidad de la democracia del hecho de que más de tres millones y medio de electores dispongan de un nuevo intermediario para trasladar a la arena institucional sus demandas políticas, qué duda cabe que legítimas, desde el respeto a los valores y reglas democráticos. Sin embargo, lo único responsable en este momento es subrayar que el partido en el que estos ciudadanos han depositado su confianza, Vox, se ha convertido en un actor tóxico.

En abril no habría sido correcto calificarlo de populista; competía como un adversario político posicionado a la derecha de Ciudadanos y el PP en el eje ideológico, así como más centralista en la dimensión territorial. En noviembre ha mutado, siguiendo el ejemplo de otras fuerzas de derecha electoralmente exitosas en países como Francia e Italia, y pasándose de la raya. Lo ha hecho tanto en el contenido de sus propuestas, trasladadas solo in voce (pues ni se ha molestado en elaborar un nuevo documento programático coherente), como en la forma, demostrando, para empezar, poco respeto por la verdad. Ha importado el eje de competición comunitarios-cosmopolitas, que en los últimos años ha ganado protagonismo en distintas democracias europeas, con toda la artillería discursiva de los populismos de derecha: no ya solo contra el consenso socioliberal y las personas migrantes (incluidos niños tutelados por las instituciones de nuestro país), sino también con mensajes populistas neoliberales, un día, y nativistas o defensores de la protección pública pero únicamente para los españoles muy españoles, al día siguiente.

No parece lo más patriótico para un país que ha superado una grave crisis económica sorteando otra social que podía haber sido más traumática, gracias a la solidaridad en las familias y al rendimiento del Estado del bienestar. Debemos nuestra sanidad pública a sus profesionales, y a las comunidades autónomas; del mismo modo que disfrutamos de otros servicios sociales gracias al desempeño, pese a sus carencias financieras en la mayoría de los casos, de los gobiernos locales. España no es Madrid más Cataluña; y algunas de las dificultades para la gobernabilidad se agravan porque partidos de ámbito estatal y grandes medios de comunicación continúan empeñados en observar la realidad económica y política del Estado solo con gafas de cerca, rebajando así lo que acontece en más de cuarenta provincias a la condición de molesto ruido.

Así estamos. El cuarto país de la zona del euro y la cuna de la cuarta lengua más hablada del mundo, en el barro, atrapado en dinámicas desagradables y demoledoras. Como, no solo la nuestra, cualquier democracia es frágil, debemos aprender a cuidarla un poco mejor. Una primera tarea podría ser medir y monitorizar la receptividad del votante de centro a los mensajes populistas, como ya se ha hecho, por ejemplo, en Alemania por parte de la Fundación Bertelsmann y el Centro de Ciencias Sociales de Berlín, con resultados descorazonadores, y sin embargo precisos para poder evitar lo peor. Confiemos en que no sea demasiado tarde.

Por Cristina Ares Profesora de Ciencia Política en la Universidad de Santiago

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