El plebiscito personal de Sánchez el 10-N


Por más que todos los sondeos, menos el del CIS, apunten en la misma dirección, la de un estancamiento del PSOE o incluso una caída respecto a sus actuales 123 escaños y un fuerte ascenso del PP y de Vox, que sumarían decenas de escaños a los 90 que consiguieron entre ambas fuerzas el 28 de abril, solo después de que los españoles se pronuncien en las urnas podrá valorarse si Pedro Sánchez acertó o no al forzar unas nuevas elecciones pese a tener ofertas de todos los partidos, excepto el PP, para apoyar su investidura y formar una mayoría. Lo que es obvio es que la valoración de su estrategia y la exigencia de responsabilidades dependerá de cuáles sean los resultados, porque el juicio no puede ser el mismo si mejora sus números y sus opciones de conformar mayorías de gobierno que si los empeora.

Si Sánchez pierde votos y escaños en unas elecciones que él mismo planteó como un plebiscito personal para que los españoles le otorgaran más poder, el fracaso sería absoluto y la reacción lógica de cualquier dirigente democrático ante ello sería presentar la dimisión y dejar que otro socialista trate de buscar un acuerdo que permita evitar el desastre de unas terceras elecciones. Desde luego, si en abril Sánchez tenía opción de gobernar con Unidas Podemos o con Ciudadanos y el resultado de las elecciones es que bajan el PSOE, Unidas Podemos y Ciudadanos y los únicos que suben son el PP y Vox, el balance solo podría ser considerado como catastrófico para él. Por el contrario, si mejora en votos y escaños y tiene opciones matemáticas de formar un Gobierno de izquierda sin depender de los independentistas, que es el escenario con el que justificó la repetición de los comicios, su éxito sería rotundo en términos estratégicos.

Pero eso son los números. Otra cosa es la coherencia en el discurso de Sánchez y el trágala al que está sometiendo a sus propios votantes. Los mismos que tuvieron que apoyarle después de plantear la figura de un «relator» para Cataluña, firmar con Torra un acuerdo que obviaba cualquier mención a la Constitución y guardarse en el bolsillo y ocultar otro documento absolutamente inaceptable por un demócrata en lugar de negarse a recibirlo, tienen que apoyarle ahora cuando dice graves aberraciones judiciales como comprometerse a «traer de vuelta» a Puigdemont o que la Fiscalía está a las órdenes del Gobierno, por las que ha tenido que pedir disculpas. Los mismos que le apoyaron cuando abominaba de la ley mordaza, tienen que apoyarle ahora cuando plantea intervenir Internet y cerrar webs. Los mismos que le apoyaron cuando presentaba a Unidas Podemos como su «socio principal», tienen que votarle ahora cuando repudia a Iglesias como un extremista radical.

La desmedida sobreexposición mediática de Sánchez en esta campaña indica que el PSOE lo ha fiado todo a su candidato, lo que refuerza su responsabilidad personal en los resultados. El éxito o el fracaso serán suyos. Pero, de momento, los gravísimos errores que está cometiendo y sus bandazos demuestran el nerviosismo de quien empieza a ver que va a perder el plebiscito.

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