El rey en Cataluña


La Constitución española de 1978 establece que el rey es el símbolo de la unidad y permanencia del Estado. No nos debe sorprender, pues, que en los territorios en los que los nacionalismos periféricos y/o el independentismo son más fuertes, la monarquía haya sido tradicionalmente mal valorada. Los deseos de superar el statu quo difícilmente casan con la institución que representa precisamente este equilibrio institucional. En la última encuesta en la que el Centro de Investigaciones Sociológicas preguntó sobre Felipe VI (en el 2015), el País Vasco y Cataluña eran los dos comunidades en las que su labor era más negativamente valorada. A diferencia del País Vasco, no obstante, en Cataluña las opiniones positivas, el 42 por ciento, superaban a las negativas, el 33 por ciento. En Galicia, por ejemplo, las opiniones positivas alcanzaban el 54 por ciento y las negativas, el 18 por ciento.

La monarquía española es una de las grandes damnificadas del procés en Cataluña. Hasta el mensaje de Felipe VI días después del referéndo del 1 de octubre de 2017, el conflicto en Cataluña tenía lugar fundamentalmente entre el Gobierno de España y el Govern catalán. Después del discurso, el conflicto saltó del plano político al institucional. Los barómetros del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) en Cataluña nos permiten capturar este cambio. En julio de 2017, inmediatamente antes del referendo, la monarquía les merecía a los catalanes una confianza de 2,8 en una escala de 0 (ninguna confianza) a 10 (mucha confianza). En octubre del 2017, justo después del mensaje del rey, la confianza había caído a 1,8, la más baja en la serie histórica del CEO.

La superación del conflicto catalán antes o después llevará de la mano la mejoría (aunque sea leve) de la imagen de Felipe VI. El excelente dominio del catalán exhibido por la infanta Leonor en su reciente discurso en Barcelona es un movimiento en la buena dirección en un territorio en el que los símbolos, los gestos son tan importantes. Pero un conflicto tan intenso como este lleva de la mano que en Cataluña se cuestionen todas las instituciones y actores que representan la unidad nacional. Y Felipe VI no podía ser una excepción.

Por Ignacio Lago Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona

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