La hipocresía como sistema


Estos días, y no sin dificultad, intento explicar a mis alumnos el cuento Funes el memorioso. Este relato eximio de Borges, publicado en su libro Ficciones (1944), daría para comentar un curso entero y el tiempo no bastaría para decir todo lo necesario. Es una pequeña obra maestra: exacta, medida, escrita con lenguaje armonioso y genio. Cuenta el insomnio de Ireneo Funes. La hipermnesia que padece el protagonista se llama síndrome del sabio, que sufren las personas que lo recuerdan todo. Salomon Shereshevski fue uno de esos sufrientes. Murió en 1958 con el hígado hecho pedazos por el vodka que bebía para olvidar, sin conseguirlo. Es el primer caso científicamente documentado de memoria absoluta y la prueba irrefutable de que los recuerdos, en exceso, son también una maldición. Peor incluso que los olvidos. Yo persigo los olvidos con vehemencia. Lo hago porque me duele este mundo hipócrita, cínico, que todo lo ha ensuciado. La política, principalmente.

Por eso, este otoño quiero irme con mis cosas, que siempre son las mismas: literatura y poco más. La política me hiere tanto estos días que comentarla, en medio de la campaña, es doloroso: la hipocresía danzando de ciudad en ciudad. Me quedan las novelas. El otoño me sabe a Ana Ozores, a La Regenta y la hipocresía (también) traspasando las arterias de Vetusta. Es una novela que en la actualidad no encontraría editor. Las novelas hoy corren otras vías y entrevías. Por ejemplo, Lectura fácil. La curiosidad me ha llevado a leer esta obra de Cristina Morales, ganadora del Premio Nacional de Narrativa. Y digo que la curiosidad me ha llevado a leerla porque, en realidad, en el mundo de la cultura apenas se ha hablado de otra cosa en estas semanas. Su autora tiene querencia por las calles quemadas en Barcelona, dice que la policía es represora y España, cómo no, fascista. Eso no le ha impedido aceptar el premio nacional y sus 20.000 euros, ni las becas ministeriales, ni sus viajes: pagado todo por el erario público de un Estado «fascista», según sus palabras. Es la hipocresía en estado puro, pero no es ese el asunto. La obra debe ser juzgada al margen del autor. De no hacerlo, deturpamos la literatura. Su novela, original. Y eso es lo mejor que se puede decir de ella: una frescura narrativa que desempolva cierta literatura reciente, ensimismada en el yo. Pero le falta la magia del lenguaje, la dicción exuberante, la profundidad de página: la música. Lo fundamental. Le falta el oído de Borges. O de Clarín. ¡Qué prosa, La Regenta! Es una obra maestra. Y sé que somos pocos (entusiastas de la gran literatura) los que nos atrevemos a confesarlo: porque quien lo haga corre el riesgo de ser expulsado de la nómina de la corrección política. Pero la política es mejor olvidarla. Ella nos corroe, noviembreando. Decimos A y hacemos B. La hipocresía como sistema. Te prefiero a ti, Ana Ozores. Aunque la hipocresía también te haya herido. Tanto.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
70 votos
Comentarios

La hipocresía como sistema