Pensar que todas esas personas que abarrotaron el auditorio de Vigo han emergido de la nada o de la náusea proyecta una imagen beatífica de nosotros que no nos merecemos. Todas esas personas que jalean y acompañan a la extrema derecha con el inequívoco espíritu de un groupie ya estaban con nosotras, aunque permanecían agazapadas para que nos creyéramos que por aquí los vientos neofasc del norte giraban a la altura del monte Igueldo por una singularidad sociológica que nos hacía mejores. Hasta ayer, era fácil olfatear un cierto aire de superioridad política y social por esa especie de aversión electoral por lo que en los lepenismos y sus versiones, como si en nuestra trapallada existencial habitara un núcleo salvífico que ahuyentaba los demonios siempre danzantes en Europa al norte.
Pero no, todas esas personas estaban aquí. Solo había que hacer ajuste fino y la sintonía aparecía. Ese puaj que les sugerían un cesto variopinto de derechos y realidades, un puaj como entre dientes homófobo o machista o xenófobo o clasista o todo junto.
Cataluña les ha dado la excusa para ponerse los altavoces a ese puaj. Y ahí están, haciendo listas de ciudadanos con apellidos árabes, jaleando sus nombres en los mítines, en un gesto que invita a un linchamiento inmediato de los señalados.
Estremece lo que oculta la lista de Abascal pero estremece también qué necia puede llegar a ser una persona si se la fundamentaliza lo suficiente.
Hablando de apellidos árabes Abengoa, Abril, Almeida, Alcázar, Barroso, Bono, Cordobés, Cebrián, Cortés, Guerra o Herrera también lo son. Por españolísimos que ahora le parezcan a Abascal.