Defuntiños

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

02 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Últimamente morimos distinto. Morimos menos en accidentes y más en suicidios, que ya son epidemia, aunque siempre haya políticos a los que les preocupe mucho que se legalice el suicidio asistido y poco que se identifiquen y afronten las causas de tanta muerte buscada. Hay mucha incoherencia ahí. La muerte siempre lo desnuda todo, las incoherencias y los desamores. Morimos distinto también porque morimos más solos, a menudo abandonados, sin que nadie se entere incluso ni nos eche en falta hasta pasados muchos días, muchos meses o, como en el último caso que saltó a los medios, muchos años. Si pagas, no preocupas a nadie, puedes seguir muerta en tu piso, momificada en el baño. Estás a bien con el sistema mientras tu cuenta atienda los recibos de unos servicios que no gastas.

Siempre espero los artículos de Manuel Mandianes, pero en estas fechas, más. Explica muy bien la importancia cultural de la muerte y de todo lo que la rodea. Morimos distinto, porque creemos menos en la existencia eterna y los ritos funerarios ya no enfatizan la partida hacia otra vida, sino más bien una especie de borrado vergonzante, un como si te tacharan, un descatalogado eficiente y rápido. La oración por los difuntos pretende justo lo opuesto: subrayar la memoria, hasta que inevitablemente se extinga. A la mayor parte de nosotros, apenas veinte años después de nuestra muerte, sólo nos recordará un puñado de personas.

El hombre es el ser que olvida: la educación y la cultura, también la funeraria, estaban orientadas a redimir del olvido. Por eso rezamos por los difuntos y les llamamos defuntiños, por eso abarrotamos los cementerios y las iglesias los dos primeros días de noviembre.