En 1990, cuando Internet acababa de nacer y los foros de debate político eran algo incipiente y minoritario, el abogado estadounidense Wayne Michael Godwin enunció ya lo que desde entonces se conoce como la ley de Godwin. «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». En ese momento, el debate se detiene y quien recurre al Holocausto para tratar de destruir a su adversario aparece como el perdedor desesperado y sin argumentos. La ley de Godwin se cumple cada día en Twitter y en otros foros utilizados por algunos como vomitorio de sus frustraciones personales y sus patologías políticas. Raro es que cuando un debate político en la Red va más allá de los tres comentarios no aparezca ya un troll utilizando las palabras nazi o fascista.
Por eso es significativo, y también indicativo de que las cosas no van bien para el PSOE, el hecho de que Pedro Sánchez haya recurrido a comparar a Albert Rivera, líder de Ciudadanos, con «un alemán al que no le importa el Holocausto nazi». Un exceso que refleja el grado de nerviosismo en el PSOE ante los sondeos, pero que es también un muy mal augurio para lo que nos espera en la campaña con respecto a la exhumación de Franco, que Sánchez piensa explotar para generar la máxima confrontación a derecha e izquierda con todo el que no le reconozca como el gran general que derrotó al dictador, aunque fuera 44 años después de que muriera en la cama. Mal tiene que estar la cosa si esos van a ser los argumentos.
Independientemente de cuál sea el resultado final, Sánchez sabe ya que se ha columpiado y que forzar la repetición de las elecciones ha sido un error catastrófico que en el mejor de los casos dejará las cosas como están, y en el peor y más probable hará que pase de haber podido escoger gobernar con Unidas Podemos o con Ciudadanos a no poder hacerlo con ninguno de los dos. El líder socialista, que todavía no ha explicado con quién pretende gobernar después de haber rechazado hacerlo con Pablo Iglesias y con Albert Rivera, tendrá muy difícil justificar un resultado que se acerque a lo que indican las encuestas. Si la estrategia del gurú de Moncloa Iván Redondo de forzar unos nuevos comicios se traduce seis meses después en que el PSOE se queda como estaba y quienes bajan son Unidas Podemos y Ciudadanos, mientras quienes suben con fuerza son el PP y Vox, lo que Sánchez habrá hecho es un pan como unas hostias que requerirá de enormes dosis de imaginación para justificar el fiasco. Y no digamos ya si el PSOE obtiene un voto o un escaño menos de los que tiene actualmente. Ahí, ni siquiera el manual de resistencia serviría ya para que la palabra dimisión no se ponga encima de la mesa. La colosal torpeza estratégica puede tener sin embargo la virtud de hacer posible lo necesario. Ni siquiera en esta España desnortada serían posibles unas quintas elecciones. La gran coalición o el gran acuerdo PSOE-PP se abre paso como única solución. Falta saber si con Sánchez o sin él.