«Viri probati»


A nadie sorprendo si afirmo que las aguas no bajan tranquilas en la Iglesia católica. El propio papa Francisco afirmó durante su reciente viaje a África: «Rezo para que no haya un cisma en la Iglesia». Este papa está decidido a desatar algunos nudos que llevan décadas liados; y no lo está teniendo nada fácil, no tanto porque el lío de nudos sea considerable sino, sobre todo, porque algunos dentro de la Iglesia se lo están poniendo difícil. Son los integristas de siempre, los fariseos de la época de Jesús, que cuando el papa dice lo que quieren oír, lo aclaman, pero ¡ay si hace lo contrario!

En línea con el Concilio Vaticano II, Francisco y el Sínodo de la Amazonía abogan por una Iglesia pobre y servidora, profética y samaritana, pegada a la realidad de la gente. Una de las ideas que se abren paso es la ordenación de hombres casados de virtud probada, es decir, de una cierta edad y suficientemente conocidos por la comunidad a la que van a servir. El celibato no es dogma de fe. Hay que reconocer con humildad que el actual modelo de sacerdote católico en no pocas ocasiones lleva a una doble vida, a enmascarar auténticos problemas de salud mental, a creerse por encima de los demás. Así se explica, por ejemplo, que llegado el momento de la jubilación, alguno se revuelva como gato panza arriba porque, al jubilarse, perderá el poder caciquil que hasta ahora ha venido ejerciendo, y esto es de difícil digestión para un narcisista.

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