Nos vamos a morir todos, todos


Menos miedo y más afrontar lo que pasa. Menos huidas y más pisar cada segundo con la frente alta o con la frente encogida, lo que más te guste. Vivimos unos tiempos en los que todo se cuenta como un drama. Como si en cada anochecer sucediese el fin del mundo y lo único que acontece es otro anochecer. Esa forma de estar que trata de batir el récord del mundo de las desgracias donde no ha pasado nada tiende a olvidar que la muerte es el auténtico cierre. Hay un escritor inglés que merecía tener el premio Nobel. Se llama Ian McEwan y ha escrito obras muy poderosas. En un trabajo reciente decía lo siguiente: «No deberíamos tener miedo a lo que viene. Además, hemos demostrado ser unos inútiles a la hora de predecir el futuro. Nunca vislumbramos la llegada de Internet. Y cuando Internet ya existía, nunca previmos las redes sociales. Y cuando llegaron las redes sociales, nunca imaginamos que los rusos serían capaces de elegir al presidente de Estados Unidos». Es imposible dar más en la diana de la habilidad que tenemos para cometer errores y prevenir algo que nunca sucede con esa presunta alarma con la que lo vimos venir. Ian McEwan es sabio al subrayar que la mayoría de los comentarios solo son ruido. La realidad siempre supera nuestros planes. Y a veces los desborda para bien, y otras, para mal. Eso es lo magnífico de existir. A pesar de Cataluña, a pesar del brexit, a pesar de tener que votar otra vez para que se repitan los mismos resultados. O no. Porque nunca acertamos con los pronósticos. Fallamos más que esas escopetas de feria trucadas para que nunca te lleves el premio. Los economistas y los politólogos tienen un especial idilio con el error. Tropiezan una y otra vez con sus palabras. Ahora encima lo hacen a velocidad de vértigo en esas redes sociales que nadie imaginó. Hasta la Organización Mundial de la Salud es experta en lanzar alertas que menos mal que se quedan en globos sonda. Y luego llega el ébola cuando nadie hablaba de él. Lo único que tenemos es la salud, más o menos maltrecha. Y mientras dure ya está bien de engañarnos al solitario, de hacernos trampas, de escapar de los días como si fuésemos millonarios en horas. No, señores. Los minutos se acaban. Los segundos se escurren. Escuchemos a Bach y apaguemos todo el catastrofismo y la desesperanza que nos inunda. Todos los que respiramos solo compartimos que al final nos morimos todos, todos.

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