Los catalanes y Calderón de la Barca


En realidad, los independentistas catalanes no protestan por la dureza de las penas, sino por la mera existencia del juicio, porque en Cataluña han leído El Alcalde de Zalamea y saben que la independencia es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios. O de Jordi Pujol, que lo contempla todo desde el cielo. Quieren votar, pero solo respetarán el resultado si ganan. Lo de ahora saltaría con cualquier otra cosa; es en realidad un ensayo general para la quema de libros y la noche de los cristales rotos. De momento los catalanes se están dando golpes en su propia cabeza, destruyen su ciudad y se pegan con su policía. Tal vez los propios catalanes lo paren porque quieren ir a trabajar y a comprar el pan tumaca, porque quieren seguir haciendo castellets sin que se les caigan los niños desde diez metros por las bolas de goma. Pero el espeluznante artículo de Fernando Ónega en estas mismas páginas, que augura la independencia para dentro de media docena de años, cuando los jóvenes de las barricadas puedan votar, viene a decir que la batalla está perdida. Que lo que vemos es la muerte lenta de Alexander Livitenko, envenenado por Putin con polonio 210. Cuando Lluís Companys proclamó contra la República española el 6 de octubre de 1934 el nacimiento del estado catalán, Lerroux le mandó al general Batet, que cortó aquello por lo sano. Hubo cuarenta y seis muertos y dos mil detenidos. Pero no se puede obligar a un pueblo a quedarse contra su voluntad. Sobre todo, a un pueblo superior.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
17 votos
Comentarios

Los catalanes y Calderón de la Barca