Cuando Guardiola era español


El 21 de junio del 2000, Guardiola controlaba un balón a la desesperada. España estaba a punto de ser eliminada de la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos. Empataba a tres frente a Yugoslavia y corría el minuto 95. Pep centró desde el medio campo, Urzaiz tocó de cabeza y Alfonso obró el milagro. Guardiola corrió a entregarse a los brazos de Camacho (el hombre más español del mundo) y después se dirigió a la piña que el resto de sus compañeros de selección formaron alrededor del goleador getafense.

Eran tiempos en los que Pep defendía la camiseta de España y formaba firme cada vez que sonaba el himno. Hasta en 47 ocasiones lo escuchó, que fueron las veces en que fue internacional con la camiseta roja absoluta. Entonces, Guardiola rentabilizaba al máximo su vínculo con el equipo nacional. Por un lado, hacía caja con su parte de las primas, publicidad, fijos y demás. Y, por otro lado, podría desarrollar su juego al máximo nivel, con la disputa del Mundial y de la Eurocopa y con la no menos apetecible medalla de oro olímpica. Todavía no se había desatado la feria nacionalista que llevaba dentro. No había descubierto, por tanto, que España era un estado autoritario en el que se conculcan los derechos humanos. O, quizá, no era compatible facturar y explicitar a la vez sus deseos de autodeterminación y decidió guardar su argumentario secesionista para cuando estuviera fuera de nuestras fronteras.

En cualquier caso, la adaptabilidad de las ideas de Guardiola a quien le paga quedó patente ya en el 2010, cuando fue nombrado embajador de la candidatura de Catar al Mundial 2022. En aquella época, dejó esta joya cuando se le preguntó qué le parecía que el Barcelona llevara en su camiseta la publicidad de un país dictatorial: «Las injusticias las hay en todo el mundo. No solo en Catar. La gente se educa bien, es un país muy seguro. La gente tiene todas las libertades del mundo, donde hay unas reglas que las marca su gobierno que está dirigido por el emir y su señora. Y ya está. (....) No hubiesen organizado los juegos asiáticos, ni hubieran sido candidatos a organizar el Mundial 2022 si fueran un país dictatorial o fueran un país en el que los derechos humanos no fueran correspondidos».

Sin duda, no hace falta calificar este discurso. Como no hacen falta mayores explicaciones sobre si Catar es o no un país de libertades o un país dictatorial. Simplemente, no lo sabe quien no quiere saberlo.

A tenor de las palabras de Guardiola en el 2010, existe una diferencia fundamental entre la España que le ofende y el Catar que defiende. Los cimientos del Estado español son la Constitución (votada por los españoles), el Parlamento (elegido por los españoles), el Gobierno y el poder judicial. En cuanto a Catar, la madre del cordero está en el emir y su señora. Vamos, lo que toda la vida se ha llamado democracia.

Qué pensará Camacho, que en la fotografía es abrazado por su pupilo entonces, cada vez que escucha a Guardiola calificar su querida España como un lugar autoritario en el que se ataca a «los derechos humanos, el derecho de reunión y manifestación, a la libertad de expresión y el derecho a un juicio justo».

En cualquier caso, probablemente, a Pep, desde su atalaya de millonario, le de igual una u otra camiseta, mientras los euros o los petrodólares corran a caño libre por sus bolsillos independentistas.

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