Perdedores del «procés»


Sedición, rebelión o absolución. Ninguna de las fórmulas que estudia la justicia española para poner el broche al histórico juicio del procés saciará el apetito de impunidad del independentismo ni el ansia de venganza de la ultraderecha española. No importa la nomenclatura, la solidez de los argumentos legales de los magistrados del Supremo. Para los extremistas, acostumbrados a explotar el victimisto y el odio, a alimentarse de las entrañas ciudadanas, esta sentencia será munición para seguir agitando el conflicto a las puertas de unas nuevas elecciones en las que esperan dar alguna dentellada. Ese movimiento en los extremos ofrece una oportunidad a los autoproclamados «partidos constitucionalistas» de cerrar filas en torno a la estabilidad del país y la fortaleza de sus instituciones, demostrando que se puede hacer frente a la subversión con la ley en la mano, sin recurrir a la prestidigitación o a los bochornosos palos del 1-O.

 Al margen de las cábalas y los cálculos políticos, hay un saldo que siempre saldrá negativo independientemente del resultado de la sentencia: El social. El procés solo ha dejado tras de sí desazón y terreno quemado. Doce líderes independentistas esperan su sentencia entre rejas suspirando por la fantasiosa República catalana que hoy solo existe en la imaginación de su líder mesiánico, Carles Puigdemont. El expresident hipotecó el futuro de los catalanes, secuestró sus anhelos, emborrachó de falsedades la insatisfacción social para engordar su egolatría. Permanece fugado junto a otros cuatro exconsellers. Un retiro con gastos pagados para seguir descosiendo de forma teledirigida las costuras de Cataluña, para ahondar en la frustración de quienes le creyeron y tratar, sin éxito, de horadar la imagen de España en la UE, donde las puertas al independentismo siguen cerradas a cal y canto.

 ¿Quién ha salido ganando con el procés? Yo solo veo perdedores. Puigdemont se ha convertido en una atracción de feria para los turistas, una criatura exótica atrincherada en su casa de Waterloo. Junqueras y quienes se sientan junto a él en el banquillo han pagado un alto precio personal por creer en sus promesas. También han perdido quienes creyeron el cuento del derecho a convertir «un sentimiento» en una realidad sin más reglas que la de declarar vencedor a quien grite más en la calle y quienes pensaron que podrían explotar el clima en Cataluña para ganar votos y alcanzar la Moncloa. Todos hemos salido perdiendo en mayor o menor medida porque, a pesar de los esfuerzos por mantener intacta la cohesión social, las relaciones se han dañado. Y eso no hay sentencia que lo enmiende. Somos responsables de ahora en adelante de no dejar que manipulen nuestros sentimientos hasta el punto de considerar legítimo lo que es ilegal y de ser honestos cuando se tiende la mano al diálogo.

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