Oneto, el luto de la democracia


Dejadme decirlo así: esta puede ser la crónica más triste que he escrito en mi vida. Es que se ha muerto una parte de mí, compañero del alma, compañero. Hablé con él en el hospital donde falleció, en San Sebastián. Allí ingresó en agosto por una peritonitis infecciosa. Estaba contento, dentro la gravedad de su enfermedad, porque acababa de regresar de un crucero y no hacía más que decir: «menos mal que me ha dado aquí; si fuese en el barco no lo podría contar». Hace unos días le operaron por segunda vez. Salió del quirófano relativamente bien, pero el sábado se torció todo y en la mañana de ayer su esposa, Paloma, había perdido la esperanza. Horas después fallecía.

 Era José Oneto Revuelta, Pepe Oneto para el mundo. Se acaba de morir uno de los grandes cronistas de la España del último medio siglo. Lo recuerdo en su juventud, apuntando en su libreta todo lo que veía. Estaba en todas partes. Se metió en todos los escenarios, en todas las cloacas, en todas las luchas de poder político o económico. Sabía mucho más, infinitamente más de lo que publicaba. Era, él solo, como una hemeroteca, con todos los recuerdos, con todas las imágenes, con todas las confidencias, con todos los secretos.

Durante los últimos cuarenta años nos reunimos todos los jueves en el grupo Crónica. Por nuestros almuerzos pasaron los reyes, los presidentes, los ministros, gentes que terminaron en la cárcel, gentes que están en los libros de historia. Y allí estaba él, dando brillo y aportando ingenio a esas conversaciones. Pero eso es lo de menos, porque Pepe Oneto fue mucho más que eso. Fue un innovador del periodismo, como demostró en la revista Cambio 16, que revolucionó la información política al final del franquismo. Fue un cronista respetado e independiente. Fue un multimedia porque dirigió los Servicios Informativos de Antena 3, y en él encontré un pararrayos de las presiones, cuando el poder político invadió aquella emisora. Fue un referente en las tertulias, a las que aportaba claves, humor y un toque desestabilizador para los propios conductores. Fue un grande de la información.

  Y una maldita apendicitis transformada en peritonitis lo mató una tarde de otoño. Se ha ido un gran testigo. Se ha ido un gran narrador de historias. Se ha ido un gran analista. Se ha ido el nombre que mejor contó en libros el último golpe de estado producido en España. Se ha ido el representante de una especie de informadores que ha sido fundamental para el triunfo de la democracia. Si no hubiera habido profesionales como José Oneto, tendríamos democracia, pero no sería igual. Tengo que caer en el tópico: el periodismo español está de luto. Y sin Pepe, la que está de luto es la democracia española.

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