El explorador enamorado


Hace ciento cincuenta años, en octubre de 1869, el periodista galés del New York Herald Henry Morton Stanley recibió en Madrid un telegrama de su jefe, Gordon Benet, que era joven y rico y andaba disfrutando de la vida en Europa. En el mensaje le ordenaba que se reuniese con él en París y allí le pidió que emprendiese viaje al Oriente para -entre otras cosas- encontrar en África al explorador escocés David Livingstone, que llevaba mucho tiempo sin dar señales de vida. Un año y medio después, a orillas del lago Tanganica, se encontraron y, aunque Livingstone le doblaba la edad, se hicieron amigos ambos y pasaron juntos unos meses. No volvió con él, pero la noticia voló como la pólvora y la fama del galés se extendió por el mundo. Entonces, en Londres, conoció a una joven norteamericana llamada Alice Pike, de la que se enamoró y con la que se prometió. Inmediatamente volvió de nuevo a África, que atravesó de costa a costa y cuyos ríos y lagos navegaba a bordo de una embarcación bautizada Lady Alice, en una expedición que duró 999 días. Entretanto los padres de su novia la casaron con un soltero de oro de Ohio, y en su luna de miel ella seguía recibiendo cartas de amor del lejano explorador, que viajaba con su fotografía guardada en una funda impermeable contra el pecho. Y todo esto me lo cuenta ahora en el museo de África de Bruselas el escritor Ramón Jiménez Fraile mientras me muestra los diarios manuscritos que allí se custodian. A mí, que le tenía tanta manía. Y ahora, claro, me da pena.

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